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Dichosymás

Irse por los cerros de Úbeda

Divagar y apartarse del asunto que se está tratando, respondiendo con rodeos que casi siempre sirven para no contestar a lo que de verdad se ha preguntado.

Explicación popular desmentida

La historia que circula por internet es falsa. Aquí se explica por qué.

Se va por los cerros de Úbeda quien se aparta del asunto que se estaba tratando y contesta con rodeos, casi siempre para no contestar. Vale para el que divaga sin querer y para el que esquiva a propósito. Los cerros existen y están al sur de la ciudad, en Jaén; el capitán despistado que suele contarse con ellos, no.

Qué significa exactamente

La locución cubre dos comportamientos que en la práctica se distinguen mal, y esa ambigüedad es parte de su utilidad. Uno es la digresión involuntaria: el hablante pierde el hilo, se entusiasma con un detalle secundario y ya no vuelve. El otro es la evasión deliberada: el hablante sabe perfectamente qué le han preguntado y habla de otra cosa durante tres minutos. Solo el contexto decide cuál de los dos está ocurriendo, y en una entrevista política la respuesta es casi siempre la segunda.

El reproche que contiene es suave, y esa es su gracia. Se le puede decir a un abuelo con cariño y a un ministro con retranca sin cambiar una palabra. Ahí está la diferencia con marear la perdiz, que acusa de dar vueltas a propósito para no resolver, y con dar largas, que señala directamente el aplazamiento interesado. Nuestra frase deja abierta la posibilidad de que el otro simplemente se haya despistado, y por eso resulta cómoda: permite reconducir la conversación sin acusar a nadie.

Su pariente más próxima es irse por las ramas, con la que se confunde a diario. Hay un matiz de imagen que las separa. En las ramas uno sigue en el mismo árbol, es decir, en el mismo asunto, aunque se entretenga en lo accesorio. En los cerros de Úbeda uno se ha ido lejos y ya no se sabe dónde está. La primera describe la dispersión; la segunda, el extravío. En buena parte de América irse por las ramas es la forma habitual y la nuestra se entiende sin usarse tanto.

Gramaticalmente se comporta con bastante rigidez. Suele aparecer con los verbos irse o andarse, siempre pronominales, y el plural cerros está fijado: nadie se va por el cerro de Úbeda. Existe la forma abreviada, irse por los cerros, que funciona porque el oyente reconstruye el resto sin esfuerzo, como ocurre con tantas frases hechas cuya segunda mitad se ha vuelto opcional.

Vale la pena señalar que no describe una mentira. Quien se va por los cerros de Úbeda no falta a la verdad: cuenta cosas ciertas que no vienen al caso. Esa distinción es justamente la que la convierte en la herramienta favorita del que no quiere responder y tampoco quiere mentir.

De dónde viene

La locución circula desde el Siglo de Oro con el sentido que hoy tiene, el de perderse en digresiones. Eso está fuera de discusión y es todo lo que hace falta saber para usarla bien.

Lo interesante es que los cerros son reales y que la imagen se explica sola en cuanto se conoce el terreno. Úbeda se levanta en la Loma que lleva su nombre, entre los ríos Guadalquivir y Guadalimar, en la provincia de Jaén. Hacia el sur, el terreno cae hacia el río y se quiebra en un paisaje de lomas, barrancos y monte bajo, históricamente poco poblado y sin caminos claros. Perderse ahí no requería ninguna torpeza especial, y durante mucho tiempo aquellas sierras tuvieron además fama de refugio de gente que no quería ser encontrada.

Con eso basta. Alejarse por los cerros de Úbeda equivalía a irse a un sitio confuso del que no se vuelve fácilmente, y aplicar esa imagen a quien se aparta del asunto en una conversación es un paso que cualquier hablante da sin ayuda.

Hay además un argumento estructural que refuerza esta lectura. El castellano tiene toda una serie de locuciones construidas igual, con un topónimo lejano que significa ausencia o extravío: estar en Babia, estar en las Batuecas, irse a las quimbambas, estar en la Conchinchina. Es un molde productivo de la lengua, no una colección de anécdotas. Cuando existe un patrón que fabrica expresiones en serie, buscarle a cada una un episodio fundador propio es empeñarse en explicar de forma complicada lo que la lengua hace de forma sencilla.

Merece la pena preguntarse por qué Úbeda y no otro sitio. Probablemente por dos motivos que se suman. Uno, que la ciudad estaba en el camino que unía Castilla con Andalucía y era conocida por los viajeros. Otro, que la secuencia suena bien: los cerros de Úbeda tienen un ritmo que se recuerda, y los topónimos de esta familia, Babia, Batuecas, quimbambas, comparten esa cualidad sonora. Las frases hechas no se seleccionan solo por su sentido; también por cómo se dicen.

Hasta qué punto está probado

Establecidos están el significado, la antigüedad y la geografía. Los tres se pueden comprobar sin dificultad, y con ellos la ficha ya tiene lo esencial.

No está establecido, en cambio, el mecanismo exacto. No sabemos si la expresión nació de un extravío literal frecuente entre viajeros y arrieros, o si desde el principio se usó en sentido figurado como sinónimo de irse muy lejos. Tampoco sabemos cuánto pesó el sonido en la elección del topónimo. Lo que se ha dicho más arriba sobre la eufonía es una lectura razonable, no un dato, y así conviene tomarla.

Lo que sí puede afirmarse con seguridad es lo negativo, y aquí no hay matices: no existe ninguna fuente medieval ni áurea que vincule la locución con un capitán, una batalla o un rey. Ninguna. Esa ausencia es lo que convierte esta ficha en un desmentido y no en una hipótesis abierta.

Lo que se cuenta por ahí (y por qué no cuadra)

La historia que circula por todas partes es esta. Durante la conquista de Úbeda por Fernando III, en 1233, un capitán llamado Álvar Fáñez el Mozo desapareció y no participó en el asalto. Reapareció cuando la ciudad ya estaba tomada y se justificó diciendo que se había perdido por los cerros. Algunas versiones añaden que en realidad estaba con una amante mora; otras cuentan que el rey, con sorna, le concedió tierras precisamente en aquellos cerros.

No cuadra por varios sitios a la vez. El primero es el más simple: ninguna crónica medieval recoge el episodio. Ni las que narran el reinado de Fernando III ni las compilaciones históricas posteriores mencionan a semejante capitán ni semejante excusa. El relato aparece únicamente en obras divulgativas modernas, que se copian unas a otras sin que ninguna cite un documento.

El segundo problema es el nombre. El Álvar Fáñez que sí está documentado es Minaya, el compañero del Cid que aparece en el Cantar de mio Cid, y murió en 1114. Entre su muerte y la toma de Úbeda hay más de un siglo. El añadido de el Mozo es exactamente el tipo de remiendo que se pone cuando alguien detecta el desajuste y no quiere renunciar al nombre famoso.

El tercero es la forma del relato. Fíjese el lector en qué abunda y qué falta. Abundan los detalles narrativos: el nombre propio, el año, el rey, la amante, la ironía del premio. Falta lo único que importaría, que es la fuente. Las anécdotas inventadas para explicar dichos suelen ser generosas justo donde una crónica sería sobria, y calladas justo donde una crónica sería explícita. Cuando un relato lleva dentro más literatura que archivo, conviene desconfiar.

Hay un cuarto indicio, y es la variedad. Circulan versiones con distinta amante, distinto castigo y distinta salida ingeniosa del capitán. Una tradición histórica real tiende a estabilizarse en torno a un texto; una leyenda de sobremesa se ramifica, porque cada narrador mejora lo que le contaron. La multiplicación de variantes es, por sí sola, un síntoma.

Nada de esto invalida la expresión, que es magnífica y perfectamente legítima. Lo que se cae es la nota histórica. Y en este caso la caída no deja hueco: los cerros están ahí, son de verdad difíciles y no necesitan a ningún capitán para explicar por qué la lengua los eligió.

Cómo se usa hoy

Está viva y es frecuentísima en España, con registro coloquial y en todo tipo de contextos: la conversación familiar, el aula, la tertulia y, sobre todo, la entrevista periodística, donde funciona casi como diagnóstico profesional.

En América se entiende bien y se usa, aunque compite con irse por las ramas, que en Argentina y en buena parte del continente es la forma habitual. La referencia geográfica no supone ningún obstáculo: nadie necesita saber dónde está Úbeda para captar la idea, igual que nadie necesita conocer Babia.

El tono va del cariño al sarcasmo según quién hable y a quién. Dicho de un familiar mayor que enlaza recuerdos, es afectuoso. Dicho de un cargo público que lleva dos minutos hablando de otra cosa, es una acusación educada. No resulta ofensiva en ningún caso, lo que explica su longevidad: sirve para señalar la evasiva sin romper la conversación.

En la escritura, Úbeda lleva tilde y mayúscula, cerros va en minúscula y en plural, y no se necesitan comillas. Y conviene apuntar algo que en la ciudad se lleva con una mezcla de humor y resignación: Úbeda es, junto con Baeza, conjunto declarado Patrimonio Mundial en 2003 por su arquitectura renacentista, y su fama internacional compite con la de servir de sinónimo de despiste. Hay peores maneras de entrar en el diccionario.

Expresiones parecidas

La más cercana es irse por las ramas, con la diferencia de distancia ya señalada. Salirse por la tangente viene de la geometría y describe la escapada limpia, la respuesta que se aparta del punto de contacto y ya no vuelve; es la que mejor capta la evasiva calculada. Andarse con rodeos es la versión neutra y sin imagen.

Para la evasión con mala fe explícita están marear la perdiz, que procede de la caza y describe el agotamiento deliberado del asunto, escurrir el bulto y dar largas. Las tres acusan más que la nuestra y ninguna admite el uso cariñoso.

Conviene no confundirla con las locuciones de la ausencia mental, aunque compartan el molde toponímico. Estar en Babia, estar en las Batuecas o estar en la luna hablan de la atención, no del discurso: quien está en Babia no se entera, quien se va por los cerros de Úbeda habla y habla. Se puede estar perfectamente atento y aun así no responder, que es justamente lo que hace el político experimentado.

El inglés resuelve la idea con la fórmula de golpear alrededor del arbusto, imagen de caza también, y el francés con la de dar vueltas alrededor de la olla. Tres lenguas y tres escenas domésticas distintas para el mismo gesto: hablar mucho y no decir nada.

Cómo cambia según el país

La misma expresión no significa lo mismo en todas partes. Estas son las diferencias que conviene conocer antes de usarla fuera de casa.

Argentina

Perderse en digresiones

Compite con 'irse por las ramas', que allí es más frecuente

«Contestá lo que te pregunté y no te vayas por los cerros de Úbeda.»

Chile

Divagar y apartarse del asunto que se está tratando, respondiendo con rodeos que casi siempre sirven para no contestar a lo que de verdad se ha preguntado.

Colombia

Divagar y apartarse del asunto que se está tratando, respondiendo con rodeos que casi siempre sirven para no contestar a lo que de verdad se ha preguntado.

España

Divagar para esquivar una pregunta

Reproche suave, muy usado en debates y entrevistas

«Le preguntaron por el presupuesto y se fue por los cerros de Úbeda.»

México

Divagar y apartarse del asunto que se está tratando, respondiendo con rodeos que casi siempre sirven para no contestar a lo que de verdad se ha preguntado.

Perú

Divagar y apartarse del asunto que se está tratando, respondiendo con rodeos que casi siempre sirven para no contestar a lo que de verdad se ha preguntado.

Uruguay

Divagar y apartarse del asunto que se está tratando, respondiendo con rodeos que casi siempre sirven para no contestar a lo que de verdad se ha preguntado.

Venezuela

Divagar y apartarse del asunto que se está tratando, respondiendo con rodeos que casi siempre sirven para no contestar a lo que de verdad se ha preguntado.

Cómo se dice en otros idiomas

EN

to beat around the bush

Literalmente: golpear alrededor del arbusto

FR

tourner autour du pot

Literalmente: dar vueltas alrededor de la olla

Preguntas frecuentes

¿Qué significa «irse por los cerros de Úbeda»?

Divagar y apartarse del asunto que se está tratando, respondiendo con rodeos que casi siempre sirven para no contestar a lo que de verdad se ha preguntado.

¿De dónde viene «irse por los cerros de Úbeda»?

La locución circula desde el Siglo de Oro con el sentido de perderse en digresiones. Los cerros de Úbeda existen: un terreno alto, quebrado y despoblado al sur de la ciudad, donde extraviarse era fácil y donde se refugiaban bandoleros. Esa imagen basta para explicar el dicho.

¿Es verdad que «los cerros de Úbeda» viene de un capitán que se perdió en 1233?

No. La anécdota de un tal Álvar Fáñez el Mozo, que se habría ausentado del asalto a Úbeda alegando que se perdió por los cerros, no aparece en ninguna crónica medieval: solo en obras divulgativas modernas. Además, el Álvar Fáñez documentado murió en 1114.

¿Cómo se usa «irse por los cerros de Úbeda»?

Como reproche suave a quien esquiva una pregunta, muy frecuente en debates y entrevistas: «le preguntaron por el presupuesto y se fue por los cerros de Úbeda». En Argentina compite con «irse por las ramas», allí más habitual.

Fuentes consultadas

  1. Iribarren, El porqué de los dichos
  2. DLE (RAE-ASALE)

Por qué puedes fiarte de esta ficha

Cada explicación lleva declarado su nivel de certeza. Cuando el origen está documentado, se cita la fuente; cuando solo hay hipótesis, se dice; y cuando la historia que circula por internet es falsa, se desmonta. Así trabajamos. ¿Ves algo que no encaja? Cuéntanoslo.

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