Cómo trabajamos
Casi todo lo que se lee en internet sobre el origen de los dichos es falso. No exagero: hay un puñado de explicaciones inventadas hace décadas que se copian de web en web, de cadena de mensajes en cadena de mensajes, y que a fuerza de repetirse han acabado pareciendo verdad. Este sitio nace precisamente de esa incomodidad.
Aquí explicamos cómo trabajamos, qué damos por bueno y qué no. Si en algún momento crees que nos hemos equivocado, la última sección te dice cómo avisarnos.
La regla que ordena todo lo demás
No inventamos orígenes. Parece obvio y no lo es: la tentación de completar un hueco con una historia bonita es enorme, porque las historias bonitas se comparten y las respuestas honestas del tipo «no se sabe» no gustan a nadie.
Nuestra respuesta a esa tentación es declarar siempre cuánto sabemos de verdad. Cada ficha lleva una etiqueta visible con el nivel de certeza de su origen, y esa etiqueta condiciona cómo está escrito el texto.
Los cinco niveles de certeza
Origen documentado
Existe constancia escrita en una fuente fechable: un diccionario histórico, un refranero antiguo, una obra literaria donde la expresión ya aparece, un documento de archivo. Es el nivel más alto y, conviene decirlo, el menos frecuente.
Origen probable
La explicación encaja con los hechos conocidos y la acepta la tradición lexicográfica, pero falta el eslabón documental que la convertiría en certeza. Es el caso de muchísimas expresiones cuya historia es razonable y verosímil sin estar probada. Cuando una ficha lleva esta etiqueta, el texto lo dice con claridad: «se ha propuesto que», «la explicación más aceptada apunta a».
Origen disputado
Hay varias hipótesis en competencia y los especialistas no se ponen de acuerdo. En estos casos exponemos todas, decimos cuál nos parece más sólida y explicamos por qué. No elegimos una y escondemos las demás.
Explicación popular desmentida
Circula una versión muy extendida que es falsa. Estas fichas son, para nosotros, las más valiosas del sitio: explican el origen real y además desmontan el bulo, con el detalle de por qué no se sostiene. Casi siempre el bulo tiene una parte verdadera —un objeto que sí existió, un personaje que sí vivió— y es justo esa parte la que lo hace creíble.
Origen desconocido
No se sabe. Sin más. Muchas expresiones son metáforas transparentes que nacieron solas, sin anécdota detrás, y otras se han perdido en el camino. Decirlo es una respuesta legítima y en este sitio se usa sin complejos.
Qué fuentes usamos
Trabajamos con obras de referencia reconocidas, no con recopilaciones de internet. Las principales son:
- El Diccionario de la lengua española y el resto de obras académicas de la RAE y la ASALE, incluido el Diccionario de americanismos.
- El Diccionario de Autoridades (1726-1739), primer diccionario académico y fuente insustituible para saber qué significaba una palabra hace tres siglos.
- El Tesoro de la lengua castellana o española de Covarrubias (1611).
- El Vocabulario de refranes y frases proverbiales de Gonzalo Correas (1627), que recoge miles de refranes tal como se decían entonces.
- Los Refranes que dizen las viejas tras el fuego atribuidos al Marqués de Santillana, del siglo XV.
- El porqué de los dichos, de José María Iribarren, y el Diccionario de dichos y frases hechas de Alberto Buitrago.
- El Diccionario crítico etimológico de Joan Corominas, para las cuestiones de étimo.
- Los corpus históricos de la Academia (CORDE y CREA), que permiten fechar la primera aparición escrita de una expresión.
- El Refranero Multilingüe del Centro Virtual Cervantes.
- Las obras literarias donde la expresión está atestiguada: el Quijote, La Celestina, el Lazarillo, el Libro de buen amor y tantas otras.
Cuando una ficha cita una fuente, la cita de verdad. Si no conocemos el dato exacto —la página, el año concreto, la edición— no lo fingimos: mencionamos la obra sin inventar la precisión que no tenemos.
Por qué cada dicho puede tener varios orígenes
El español lo hablan más de quinientos millones de personas en veintitantos países, y una misma expresión puede haber llegado a cada sitio por caminos distintos, con sentidos distintos. Tratar el idioma como si fuera uno solo y uniforme sería falsear la realidad.
Por eso nuestro modelo de ficha admite de forma nativa varios usos y varios orígenes para la misma expresión, cada uno con su país y su nivel de certeza. Cuando el sentido cambia de un lugar a otro, la ficha lo detalla país por país. Y cuando una expresión es inocente en un sitio y grosera en otro, lo advertimos, porque esa información es de las más útiles que puede dar un diccionario de uso.
Cómo escribimos
Escribimos en español de España como base, sin tratar las variedades americanas como curiosidades exóticas. Un uso mexicano o argentino no es pintoresco: es un uso, igual de legítimo que el peninsular.
Evitamos deliberadamente la prosa de relleno. Nada de «desde tiempos inmemoriales» ni de «en el fascinante mundo de las expresiones». Si un dicho da para mil quinientas palabras, se escriben; si da para seiscientas, se escriben seiscientas y se acabó.
También nos permitimos opinar cuando toca. Si una explicación muy repetida nos parece endeble, lo decimos. Un diccionario que solo acumula datos sin valorarlos deja el trabajo a medias.
Los errores y cómo los corregimos
Nos vamos a equivocar. En un proyecto que aspira a veinte mil fichas es inevitable, y preferimos decirlo por adelantado antes que fingir infalibilidad.
Cada ficha muestra la fecha de su última actualización. Cuando corregimos algo sustancial, se corrige y se actualiza esa fecha. Si tienes una fuente que contradice lo que hemos escrito, o conoces un uso que no hemos recogido, escríbenos: las correcciones documentadas se aplican, y las peticiones de fichas nuevas pasan al principio de la cola.
Cómo crece el diccionario
Publicamos entre treinta y cuarenta fichas nuevas cada día. Ninguna ficha se publica automáticamente sin haber sido redactada: el sistema deja en borrador todo lo que no tiene texto escrito, precisamente para que el volumen no se coma la calidad.
Última actualización: 26 de agosto de 2026