En el quinto pino
Muy lejos, en un sitio apartado e incómodo de alcanzar; se dice sobre todo de domicilios y locales a los que cuesta llegar.
Lejísimos, mal comunicado y con pereza de ir: eso es el quinto pino. La locución se aplica sobre todo a domicilios, bares y oficinas a los que hay que hacer un viaje, y lleva siempre incorporada una queja. Lo del quinto y lo del pino apunta, con bastante verosimilitud, al Madrid del siglo XVIII.
Qué significa exactamente
Lo primero que hay que entender es que no mide kilómetros: mide fastidio. Un sitio a doce minutos en coche puede ser el quinto pino si hay que dar tres transbordos para llegar, y otro a cuarenta kilómetros no lo es si hay un tren directo cada media hora. La distancia que evalúa la expresión es la percibida, y depende por completo de dónde esté el hablante y de qué medios tenga.
Eso la vuelve necesariamente relativa y un poco injusta. El quinto pino de quien vive en el centro empieza justo donde otra persona vive tan feliz desde hace veinte años. La locución arrastra, quiera o no, un punto de vista urbano y céntrico, y quien la recibe suele señalarlo.
Las construcciones son tres y no significan lo mismo. Vivir en el quinto pino describe una situación. Irse al quinto pino describe un movimiento, normalmente una mudanza que el hablante considera un disparate. Y mandar a alguien al quinto pino ya es otra cosa: es un despacho, un modo suave de mandar a paseo, emparentado con vete a freír espárragos más que con la idea de distancia.
El molde admite rellenos. En el quinto infierno, en el quinto coño —vulgar—, en el quinto carajo funcionan igual, con distinto grado de aspereza. Que el hueco sea intercambiable es un dato importante y volveremos a él.
Hay un límite de escala que casi nadie infringe. La expresión sirve para distancias urbanas o comarcales, no continentales. Nadie dice que Nueva Zelanda esté en el quinto pino: para eso el castellano tiene otras. El quinto pino es un sitio al que en principio uno tendría que poder ir andando, y de ahí viene la queja.
De dónde viene
La explicación más aceptada sitúa el origen en el Madrid del siglo XVIII. Felipe V habría mandado plantar cinco pinos de buen tamaño a lo largo del paseo del Prado y su prolongación hacia Recoletos. El primero quedaba junto a la zona urbana consolidada y el quinto marcaba el final del paseo, ya en descampado, en el límite de lo que entonces era ciudad.
La utilidad práctica de esos árboles explica el resto. En un Madrid sin numeración fiable de calles, sin alumbrado decente y con mucha gente que no sabía leer, los hitos visibles eran el sistema de referencias que había: la fuente, la iglesia, el árbol grande. Citarse en el segundo pino era una manera perfectamente operativa de quedar con alguien.
El quinto era el más alejado y, por eso mismo, el más discreto. La tradición añade que se convirtió en lugar de citas de enamorados, precisamente porque allí no había nadie que mirase. Sea cierto o no ese detalle, la lógica es la que uno esperaría: el punto donde acaba la ciudad es el punto donde acaba la vigilancia.
Con la expansión de Madrid, aquel descampado desapareció bajo el ensanche y los pinos con él. La referencia se quedó sin referente, y una expresión que había sido literal pasó a ser metáfora pura. Es el mismo proceso que convierte un nombre de calle en un sonido: nadie que diga hoy el quinto pino está pensando en un árbol.
Hasta qué punto está probado
La ficha declara el origen probable, y creo que es la etiqueta justa. Ni se puede afirmar ni se puede tirar a la basura.
A favor juega la verosimilitud urbanística. Madrid se reformó a fondo durante el siglo XVIII y el paseo del Prado fue uno de los escenarios principales de esa reforma, con arbolado ordenado, fuentes y paseo público. Que hubiera árboles señalados y que la gente los usara de referencia es lo más normal del mundo.
En contra juega un detalle cronológico incómodo. La gran remodelación del Salón del Prado, la que dio al paseo su forma reconocible, es posterior a Felipe V y corresponde ya al reinado de Carlos III. Atribuir la plantación al primero y el paseo al segundo obliga a suponer una continuidad de la que no tenemos detalle. No es imposible, pero la historia se cuenta con más precisión de la que admite la documentación.
Falta además el eslabón lingüístico. No conozco texto de la época que registre el quinto pino como fórmula de lejanía; la locución aparece documentada bastante después. El salto del hito urbano al modismo se supone, no se demuestra.
Y hay una objeción de fondo que me parece la más seria. La expresión se usa en toda España, incluso en lugares que no tuvieron nunca la menor relación con el paseo del Prado. Eso por sí solo no invalida nada, porque los madrileñismos se exportan sin dificultad. Lo que pesa es la existencia de la serie paralela: el quinto infierno, el quinto coño, el quinto carajo. En ninguna de ellas hay anécdota histórica ni la ha buscado nadie. Si el molde en el quinto X ya existía y admitía varios rellenos, el pino podría ser sencillamente uno más, elegido quizá como eufemismo del relleno malsonante.
Puestos a apostar, me inclino por el orden inverso al que se cuenta: primero el molde con el ordinal alto, después el pino. Pero no se puede zanjar, y la historia madrileña tiene la ventaja de explicar por qué el número es cinco y no siete, que es lo que el molde por sí solo no explica.
Cómo se usa hoy
Es una locución prácticamente exclusiva de España. En América se entiende poco o se descifra por el contexto, y allí funcionan otras fórmulas propias: donde el diablo perdió el poncho en el Cono Sur, hasta el quinto infierno o expresiones más ásperas en México.
El registro es coloquial y perfectamente admisible en cualquier conversación; no tiene nada de grosero, a diferencia de sus parientes del mismo molde. Se dice en la oficina, en casa y en la radio sin que nadie levante una ceja.
Casi nunca es neutra. Lleva queja, ironía o reproche, y ese es su valor real: no informa de una distancia, informa del disgusto que produce. Cuando alguien anuncia una mudanza y el interlocutor responde que se va al quinto pino, está diciendo que no piensa ir a verlo tanto.
Tiene mucho uso en la conversación sobre vivienda. En las ciudades donde el alquiler ha expulsado a la gente hacia la periferia, la expresión se ha vuelto un comentario económico además de geográfico, y se oye con un fondo bastante menos festivo que hace treinta años.
Se escribe sin comillas y sin mayúsculas: es una locución adverbial hecha y no conserva ningún valor de nombre propio.
Un detalle que delata a los hablantes: la expresión admite gradación irónica. Se puede decir que alguien vive en el quinto pino y, si el interlocutor protesta, subir la apuesta con en el sexto, que no existe pero se entiende perfectamente. Ese juego solo funciona porque el número conserva un resto de literalidad en la cabeza del hablante, aunque nadie sepa ya de qué pinos se trataba.
Expresiones parecidas
El grupo más nutrido es el de las fórmulas de lejanía con humor. Irse a las quimbambas, donde Cristo dio las tres voces, donde Cristo perdió el gorro y sus muchas variantes locales cumplen la misma función con distinto grado de irreverencia. Todas comparten un rasgo: nombran un lugar imposible de localizar, y esa imposibilidad es el chiste.
Conviene no mezclarlo con estar en Babia ni con estar en las Batuecas, que se le parecen porque también nombran lugares reales y remotos. La diferencia es de significado: aquellas hablan de despiste, de tener la cabeza en otro sitio, no de distancia física. Se confunden con cierta frecuencia y no tienen nada que ver.
Del mismo Madrid procede de Madrid al cielo, que es su contrario exacto en tono: elogio de la ciudad frente a la queja por sus afueras. Que la misma ciudad haya producido el paraíso y el confín dice bastante de la relación de Madrid consigo mismo.
Fuera del castellano, el inglés ofrece in the middle of nowhere, the back of beyond y out in the sticks, todas sin topónimo. El francés, en cambio, tiene au diable vauvert, que es otro caso de nombre propio convertido en sinónimo de lejanía, con su leyenda medieval correspondiente y su origen igual de discutido. Los dos idiomas parecen haber caído en la misma tentación: inventarle una historia al sitio donde no llega nadie.
Dónde se dice y con qué sentido
La expresión se usa con el mismo sentido en todos estos países. Cuando hemos encontrado algún matiz propio, queda anotado.
España
Lejísimos
Siempre con queja implícita por la distancia
«Se ha mudado al quinto pino y ahora tarda una hora en venir.»
Cómo se dice en otros idiomas
EN
in the middle of nowhere
Literalmente: en mitad de ninguna parte
FR
au diable vauvert
Literalmente: en el diablo Vauvert
Preguntas frecuentes
¿Qué significa «en el quinto pino»?
Muy lejos, en un sitio apartado e incómodo de alcanzar. Se dice sobre todo de domicilios y locales a los que cuesta llegar, y siempre con una queja implícita por la distancia.
¿De dónde viene «en el quinto pino»?
La explicación más aceptada apunta al Madrid del siglo XVIII: Felipe V mandó plantar cinco grandes pinos a lo largo del paseo del Prado y su prolongación hacia Recoletos. El quinto marcaba el final del paseo, ya en descampado. No hay documento que pruebe el salto al dicho.
¿Cómo se usa «en el quinto pino»?
Con verbos de lugar o de movimiento: «vivir en el quinto pino», «irse al quinto pino», «se ha mudado al quinto pino y ahora tarda una hora en venir». Siempre lleva implícita la queja por lo lejos que queda.
¿Se usa «en el quinto pino» en México o Argentina?
Es una expresión propia del español de España. Fuera de la Península apenas se emplea, así que en México, Argentina o Colombia resulta poco habitual.
Fuentes consultadas
- Iribarren, El porqué de los dichos
- Buitrago, Diccionario de dichos y frases hechas
Por qué puedes fiarte de esta ficha
Cada explicación lleva declarado su nivel de certeza. Cuando el origen está documentado, se cita la fuente; cuando solo hay hipótesis, se dice; y cuando la historia que circula por internet es falsa, se desmonta. Así trabajamos. ¿Ves algo que no encaja? Cuéntanoslo.
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