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Dichosymás

Ser un buen samaritano

Persona que socorre a un desconocido en apuros sin esperar nada a cambio y sin que nada la obligue a hacerlo.

El buen samaritano socorre a un desconocido en apuros sin que nada lo obligue y sin esperar nada a cambio. Ahí están las dos condiciones que definen la figura: ningún deber previo y ninguna recompensa. Si media una obligación profesional o un interés, por pequeño que sea, la etiqueta deja de encajar.

Qué significa exactamente

La expresión describe una ayuda gratuita en el sentido estricto de la palabra: sin causa y sin precio. Por eso no se llama buen samaritano al bombero que rescata a alguien, aunque su actuación sea heroica, ni al médico que atiende una urgencia. Ellos hacen su trabajo. El buen samaritano es el que pasaba por allí.

Hay un segundo requisito que suele darse por supuesto y conviene explicitar: la distancia entre quien ayuda y quien recibe la ayuda. Socorrer a un familiar no convierte a nadie en samaritano. La figura exige un desconocido, y a ser posible alguien con quien no se comparte grupo, barrio ni afinidad. Cuanto mayor es esa distancia, mejor encaja la expresión, y eso, como se verá, es exactamente lo que la parábola original quería subrayar.

El uso irónico está muy vivo y funciona en dos direcciones. «Hacerse el buen samaritano» reprocha una bondad exhibida, ayuda con público. Y llamar buen samaritano a alguien puede insinuar ingenuidad: el que se para a socorrer y acaba estafado, o el que se mete donde no lo llaman. Ese matiz burlón convive sin problemas con el sentido elogioso, y lo decide el tono.

Se emplea sobre todo en dos construcciones. Como sustantivo con artículo indeterminado, típica de la crónica de sucesos: un buen samaritano encontró la cartera, un buen samaritano avisó a la policía. Y como atributo, en la fórmula «ser un buen samaritano», que califica a la persona de manera más estable.

Un apunte que ahorra confusiones: el adjetivo bueno no es un añadido enfático. En el relato del que procede, la gracia estaba precisamente en juntar dos palabras que para el público de la época chocaban entre sí. Sin esa fricción, la expresión sería redundante.

Otra distinción útil, porque se confunden a diario: el buen samaritano no es lo mismo que el voluntario. El voluntario se organiza, se apunta, dedica un tiempo previsto a ayudar. El samaritano se encuentra la situación de frente y decide en ese momento. Lo que define a la figura es la improvisación ante lo inesperado, no la vocación de servicio sostenida.

De dónde viene

De la parábola narrada en Lucas 10, versículos 25 a 37, y aquí lo importante es reconstruir un contexto que se ha perdido casi por completo. Sin él, la historia se queda en un cuento moral simpático; con él, se entiende por qué se recuerda dos mil años después.

El marco es una discusión. Un maestro de la ley pregunta qué hay que hacer para heredar la vida eterna y, tras una respuesta que incluye amar al prójimo como a uno mismo, repregunta: y quién es mi prójimo. La parábola es la contestación a esa segunda pregunta, no a la primera.

El relato sitúa a un hombre que baja de Jerusalén a Jericó y cae en manos de unos salteadores, que lo despojan, lo hieren y lo dejan medio muerto. La geografía no es un adorno. Entre las dos ciudades hay unos veintisiete kilómetros y un desnivel de más de mil metros, por un terreno de barrancos y roca donde alguien podía estar tirado horas sin que pasara nadie. Era, con toda razón, un camino de mala fama.

Pasa primero un sacerdote, lo ve y sigue de largo. Pasa después un levita, es decir, un auxiliar del culto del templo, y hace lo mismo. Sobre por qué no se detienen se ha propuesto que evitaban la impureza ritual que acarreaba el contacto con un cadáver, lo que les habría impedido cumplir sus funciones. Es una explicación razonable y muy repetida, pero hay que decir que el texto no la da: se limita a constatar que pasaron de largo. Quien la presente como dato del evangelio está añadiendo de su cosecha.

Y entonces llega el samaritano. Aquí está el nervio de toda la historia. Los samaritanos y los judíos compartían raíz y llevaban siglos enfrentados por cuestiones religiosas de fondo, entre ellas cuál era el lugar legítimo del culto, si el templo de Jerusalén o el monte Garizín. La hostilidad era mutua y perfectamente conocida por cualquiera que escuchara la parábola. De modo que el auditorio esperaba que el héroe fuera un israelita corriente, después de que fallaran las dos autoridades religiosas, y en su lugar recibe al miembro del grupo despreciado.

Esa es la bofetada del relato, y es la que hoy no se percibe. Cuando decimos buen samaritano no oímos ninguna tensión, porque la palabra samaritano no significa nada para nosotros más allá de esta misma expresión. Sería como si el chiste hubiera sobrevivido sin el remate.

Los detalles de la ayuda están medidos y valen la pena. El samaritano le venda las heridas echándoles aceite y vino, lo monta en su propia cabalgadura, lo lleva a un mesón y lo cuida. Al día siguiente entrega al mesonero dos denarios y le dice que si gasta más se lo pagará a la vuelta. Ese denario era la paga de una jornada de trabajo, según se desprende de otros pasajes evangélicos, así que la cantidad no es simbólica: cubre varios días de estancia. Y la promesa de volver a pagar es un compromiso abierto, sin límite.

El cierre invierte la pregunta inicial. En lugar de responder quién es el prójimo, el texto pregunta cuál de los tres se comportó como prójimo del herido. Ha cambiado el sujeto: el prójimo no es una categoría de personas que hay que identificar, es un papel que uno decide ocupar. Esa vuelta de tuerca es lo que convierte el pasaje en algo más que una historia edificante.

La expresión llegó al castellano por la predicación y por la catequesis, como casi todo el material bíblico que se ha hecho proverbial en nuestra lengua, y se consolidó con fuerza al ser una de las parábolas más contadas y más representadas. Que hoy exista incluso como término técnico en el ámbito jurídico y hospitalario indica hasta qué punto se ha independizado de su fuente: mucha gente que emplea la expresión no sabría decir que sale de un evangelio, y menos aún que samaritano designaba a un pueblo concreto.

Cómo se usa hoy

Es panhispánica y de registro neutro, apta para cualquier contexto. La usa la prensa de sucesos con enorme frecuencia, hasta el punto de que en las noticias sobre carteras devueltas o accidentes atendidos por transeúntes es casi una fórmula fija.

También ha entrado en el vocabulario jurídico, aunque con un reparto desigual según los países. En el mundo anglosajón se llaman leyes del buen samaritano a las normas que protegen de responsabilidad a quien socorre a otro de buena fe, para que el miedo a un pleito no disuada de intervenir. El planteamiento del derecho español es el contrario: existe el delito de omisión del deber de socorro, que castiga a quien no auxilia pudiendo hacerlo sin riesgo propio. Un ordenamiento protege al que ayuda; el otro obliga a ayudar. La misma parábola detrás, dos soluciones legales distintas.

Sobre el tono, la expresión funciona bien en elogio ajeno y bastante mal en boca propia. Decir «hice de buen samaritano» suena a autobombo casi inevitablemente, y por eso la gente que lo cuenta suele recurrir a fórmulas más planas.

Un detalle de escritura: samaritano se escribe en minúscula cuando funciona como nombre común, que es el caso habitual. La mayúscula queda para el gentilicio referido al pueblo histórico, y aun así en español los gentilicios van en minúscula. Conviene señalar, por cierto, que los samaritanos no son un pueblo extinto: subsiste una comunidad muy reducida, lo cual da un aire distinto a usar su nombre como sinónimo genérico de persona caritativa.

Expresiones parecidas

«Haz el bien y no mires a quién» dice casi lo mismo en forma de consejo, y comparte el punto esencial: la identidad del beneficiario no debe condicionar la ayuda. Es, de hecho, la moraleja de la parábola formulada como refrán.

«Echar un capote» y «arrimar el hombro» quedan en otro terreno. La primera implica sacar a alguien de un apuro, a menudo social, y suele darse entre conocidos; la segunda es colaborar en un trabajo colectivo, sin que haya nadie en peligro. Ninguna de las dos exige el desconocimiento mutuo que define al samaritano.

«Ser un alma caritativa» se le acerca bastante, aunque describe un carácter permanente en lugar de un acto concreto, y arrastra un tufillo devoto que la otra ya ha perdido. En el extremo opuesto está «pasar de largo», que es exactamente lo que hicieron el sacerdote y el levita y que ha quedado en la lengua como la conducta contraria.

Dónde se dice y con qué sentido

La expresión se usa con el mismo sentido en todos estos países. Cuando hemos encontrado algún matiz propio, queda anotado.

Argentina

Persona que socorre a un desconocido en apuros sin esperar nada a cambio y sin que nada la obligue a hacerlo.

Chile

Persona que socorre a un desconocido en apuros sin esperar nada a cambio y sin que nada la obligue a hacerlo.

Colombia

Persona que socorre a un desconocido en apuros sin esperar nada a cambio y sin que nada la obligue a hacerlo.

España

Auxiliador desinteresado

A veces irónico, insinuando ingenuidad

«Un buen samaritano le devolvió la cartera con el dinero dentro.»

México

Persona que socorre a un desconocido en apuros sin esperar nada a cambio y sin que nada la obligue a hacerlo.

Perú

Persona que socorre a un desconocido en apuros sin esperar nada a cambio y sin que nada la obligue a hacerlo.

Venezuela

Persona que socorre a un desconocido en apuros sin esperar nada a cambio y sin que nada la obligue a hacerlo.

Cómo se dice en otros idiomas

EN

a good Samaritan

Literalmente: un buen samaritano

Preguntas frecuentes

¿Qué significa «ser un buen samaritano»?

Socorrer a un desconocido en apuros sin que nada lo obligue a uno y sin esperar nada a cambio. Por eso no se llama así al bombero ni al médico, que hacen su trabajo: el buen samaritano es el que pasaba por allí y decidió pararse.

¿De dónde viene «el buen samaritano»?

De la parábola de Lucas 10:25-37: un hombre asaltado en el camino de Jerusalén a Jericó es ignorado por un sacerdote y un levita, y socorrido por un samaritano, que le venda las heridas, lo lleva a un mesón y paga su estancia.

¿Por qué es importante que fuera samaritano?

Porque samaritanos y judíos llevaban siglos enfrentados y la hostilidad era mutua y conocida por el auditorio. Se esperaba que el héroe fuera un israelita corriente y aparece el miembro del grupo despreciado. Sin ese dato la parábola se queda en una historia edificante.

¿Qué son las leyes del buen samaritano?

En el mundo anglosajón, las normas que protegen de responsabilidad a quien socorre a otro de buena fe, para que el miedo a un pleito no disuada de intervenir. El derecho español hace lo contrario: castiga la omisión del deber de socorro.

Fuentes consultadas

  1. Biblia, Lucas 10
  2. DLE (RAE-ASALE)

Por qué puedes fiarte de esta ficha

Cada explicación lleva declarado su nivel de certeza. Cuando el origen está documentado, se cita la fuente; cuando solo hay hipótesis, se dice; y cuando la historia que circula por internet es falsa, se desmonta. Así trabajamos. ¿Ves algo que no encaja? Cuéntanoslo.

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