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DichosyMás Diccionario etimológico & cultura popular

Irse a las quimbambas

Respuesta rápida
«Irse a las quimbambas» significa Marcharse a un lugar remotísimo e impreciso, tan lejos que ni siquiera merece la pena preguntar dónde está exactamente.
  • Origen histórico: No se conoce el origen. Se ha señalado que la palabra tiene aire de africanismo antillano, y su vitalidad en Cuba, Puerto Rico y República Dominicana apoyaría esa vía, pero no se ha identificado el étimo…
  • Variantes frecuentes: Estar en las quimbambas · Vivir en las quimbambas · Irse a la quimbamba
  • En otros idiomas: «in the boondocks» (EN)

Marcharse a un lugar remotísimo e impreciso, tan lejos que ni siquiera merece la pena preguntar dónde está exactamente.

Origen desconocido

No se conoce el origen. Preferimos decirlo antes que inventarlo.

Las quimbambas son un sitio que no existe, y por eso mismo sirven para nombrar cualquier lugar remotísimo. Irse a las quimbambas es marcharse tan lejos que ni merece la pena preguntar dónde queda exactamente. La palabra tiene aire de africanismo antillano, aunque nadie ha conseguido demostrarlo.

Qué significa exactamente

Lo primero que hay que entender es que las quimbambas no están en ningún mapa. No son una región, ni un pueblo, ni una comarca con nombre deformado. Son un lugar inventado por la lengua para tener a mano una etiqueta de lejanía extrema, y su gracia consiste precisamente en su vaguedad: si tuvieran coordenadas dejarían de servir.

La expresión aporta dos cosas más allá de la distancia. Una es la imprecisión deliberada: quien dice que a alguien lo mandaron a las quimbambas está declarando que no sabe ni le importa el destino concreto. La otra es un ligero desdén hacia el sitio, que se presenta como perdido, incomunicado y poco deseable. No se usa para lugares lejanos y atractivos: nadie se va de vacaciones a las quimbambas.

Funciona con tres verbos principales, y cada uno matiza. Irse a las quimbambas describe el traslado, muchas veces forzado por un destino laboral. Estar en las quimbambas o vivir en las quimbambas describen la situación, y ahí la queja se dirige al aislamiento cotidiano, a lo que cuesta llegar y volver. Existe también la forma en singular, irse a la quimbamba, algo menos frecuente y con un punto más brusco, que en el Caribe puede acercarse a una fórmula de despedida airada.

Conviene separarla de una vecina con la que se confunde a veces. Estar en Babia no habla de distancia sino de despiste: quien está en Babia tiene el cuerpo aquí y la cabeza en otra parte. Además, y esto es lo interesante, Babia sí existe: es una comarca leonesa perfectamente localizable. Las quimbambas no.

Esa diferencia divide en dos familias todo el repertorio español de la lejanía. Por un lado están las expresiones que nombran lugares reales y remotos, como la Conchinchina, que era el nombre colonial de una región del sur de Vietnam. Por otro, las que se inventan un topónimo. Las quimbambas pertenecen sin duda a este segundo grupo, y su vecindad más próxima no es geográfica, sino de mecanismo.

Un rasgo gramatical fijo: siempre en plural y siempre con artículo. No se dice a quimbambas ni a unas quimbambas. Esa rigidez es típica de los nombres de lugar imaginarios, que se comportan como si designaran algo concreto aunque no designen nada.

De dónde viene

No se conoce el origen, y conviene decirlo antes que nada porque circulan explicaciones que no resisten un examen.

La vía que más se ha señalado es la africana. La palabra tiene una forma que recuerda a las lenguas bantúes, con ese grupo consonántico nasal que aparece en tantos préstamos llegados al Caribe a través de la trata: quimbombó, mambo, bemba, ñáñigo, quimbar. Su vitalidad refuerza la sospecha, porque la expresión está viva sobre todo en Cuba, Puerto Rico y la República Dominicana, es decir, en la zona donde ese aporte léxico fue más intenso.

El problema es que la sospecha se queda ahí. No se ha identificado un étimo concreto en una lengua concreta con un significado que encaje. Sin ese eslabón, lo que hay es un parecido fonético, y el parecido fonético es la trampa más antigua de la etimología popular: suena a bantú, luego es bantú. Ese razonamiento ha producido más errores que aciertos a lo largo de la historia de la disciplina.

La segunda vía la considera una creación expresiva sin étimo, una palabra fabricada por su sonoridad para nombrar un lugar imposible. El español ha producido varias de este tipo, y no necesita préstamos para hacerlo: le basta con encadenar sílabas que suenen exóticas y lejanas. En esta lectura, el aire africano de la palabra no sería una herencia sino un efecto buscado, la forma que adopta lo remoto cuando se le pone nombre en el Caribe.

Los repertorios de americanismos registran la expresión y su significado, pero no aportan una etimología. Registrar no es explicar, y en este caso la lexicografía se limita a lo que puede sostener.

Hasta qué punto está probado

La ficha marca el origen como desconocido, y esa etiqueta no significa aquí que nadie haya pensado en el asunto. Significa que las dos hipótesis disponibles se quedan cortas y que ninguna puede presentarse como respuesta.

A la vía africana le falta lo esencial: el étimo. Mientras nadie señale una palabra en kikongo, en kimbundu o en cualquier otra lengua del área con un significado que justifique el salto, la hipótesis se sostiene solo en la fonética y en la geografía del uso. Son indicios, no pruebas, y hay que decirlo aunque la explicación resulte atractiva y aunque encaje con la historia real del Caribe.

A la vía expresiva le falta lo contrario: capacidad de demostración. Por definición, una creación espontánea no deja rastro documental. Puede ser cierta y ser indemostrable a la vez, lo cual la convierte en una explicación cómoda y poco útil. Es la clase de hipótesis que nunca se puede refutar, y por eso conviene manejarla con cautela.

Tampoco hay una primera documentación fechada que ayude a ordenar el asunto. La ficha señala la época como desconocida por ese motivo, y no por falta de interés: sencillamente no consta cuándo empezó a decirse. Con lo publicado hasta hoy, cualquier afirmación más rotunda sobre el origen de la palabra sería invención, y este es exactamente el tipo de hueco que la mitología etimológica de Internet se apresura a rellenar con historias bonitas.

Cómo se usa hoy

El registro es coloquial y el tono, humorístico. La expresión se usa con una sonrisa incluso cuando lo que describe es un fastidio, porque la propia palabra tiene gracia sonora y desactiva la queja. Es raro oírla con enfado real.

En el Caribe hispánico es de uso corriente y suele referirse a zonas rurales apartadas, a barrios de las afueras o a fincas de difícil acceso. Allí la distancia que mide es a menudo modesta en kilómetros y grande en tiempo de viaje, que es lo que de verdad cuenta. En España se emplea con menos frecuencia pero se entiende sin problema, y aparece sobre todo aplicada a destinos laborales indeseados y a lugares mal comunicados.

Venezuela comparte plenamente el uso caribeño. En el resto de América la expresión resulta menos habitual y compite con fórmulas locales muy asentadas, de modo que un hablante mexicano o argentino la reconoce como caribeña o como española, según por dónde le haya llegado.

Aparece también en un uso que conviene mencionar por su frecuencia: el de mandar a alguien a las quimbambas, equivalente atenuado y cortés de expresiones bastante más gruesas. Ahí la lejanía funciona como destierro simbólico y la palabra hace de amortiguador, porque su sonoridad juguetona impide que la frase suene realmente hostil. Es uno de los servicios que prestan los topónimos imaginarios: permiten despachar a alguien sin faltarle al respeto.

No hay ninguna dificultad ortográfica: se escribe con q inicial, sin tilde, y el plural es el habitual. Tampoco tiene carga ofensiva, salvo la que pueda sentir quien vive en el sitio así descrito, que es la única precaución razonable a la hora de usarla delante de alguien.

Expresiones parecidas

El español ha construido un repertorio notable para lo lejano, y merece la pena verlo ordenado. Con topónimo real: en la Conchinchina, que apunta a Indochina, y en Sebastopol o en Pernambuco, que aparecen en usos regionales. Con topónimo inventado: las quimbambas y poco más, porque el mecanismo no es tan productivo como parece.

Con referencia religiosa: donde Cristo perdió el gorro o las sandalias, muy viva en España, y en el quinto infierno, que añade incomodidad al aislamiento. Con numeral: en el quinto pino, la más usada en España y probablemente la más neutra de todas. Y en el registro más crudo, en el culo del mundo, que dice lo mismo sin cortesía ninguna.

Frente a todas ellas, las quimbambas conservan una ventaja: no ofenden a ningún lugar existente. Quien dice que algo está en la Conchinchina está usando el nombre de un sitio real como sinónimo de perdido, cosa que a un vietnamita podría no hacerle gracia. Las quimbambas no perjudican a nadie, porque no hay nadie allí. Es la ventaja de los sitios que no existen.

Cómo cambia según el país

La misma expresión no significa lo mismo en todas partes. Estas son las diferencias regionales que conviene conocer antes de usarla fuera de casa.

Cuba

Zona rural apartada

Muy frecuente en el Caribe hispánico

«Vive por allá, en las quimbambas.»

España

Un sitio lejanísimo

Humorístico; el lugar no existe

«Lo destinaron a las quimbambas y solo viene en Navidad.»

Puerto Rico

Marcharse a un lugar remotísimo e impreciso, tan lejos que ni siquiera merece la pena preguntar dónde está exactamente.

República Dominicana

Marcharse a un lugar remotísimo e impreciso, tan lejos que ni siquiera merece la pena preguntar dónde está exactamente.

Venezuela

Marcharse a un lugar remotísimo e impreciso, tan lejos que ni siquiera merece la pena preguntar dónde está exactamente.

Ejemplos de uso

  • «Mi hermana se ha ido a las quimbambas con su novio y ya solo la vemos por videollamada.»
  • «Nos mandaron a un curso en las quimbambas y salimos de casa a las seis de la mañana.»
  • «El concierto lo han montado en las quimbambas y no hay ni un autobús de vuelta al centro.»

Cómo se dice en otros idiomas

EN

in the boondocks

Literalmente: en el quinto pino

Preguntas frecuentes

¿Qué significa «irse a las quimbambas»?

Significa marcharse a un lugar remotísimo e impreciso, tan lejos que ni merece la pena preguntar dónde queda. Se dice con humor y con un punto de desdén hacia el destino.

¿De dónde viene «las quimbambas»?

No se sabe. Se ha señalado que la palabra tiene aire de africanismo antillano, y su vitalidad en Cuba, Puerto Rico y la República Dominicana apoyaría esa vía, pero no se ha identificado ningún étimo concreto.

¿Existen las quimbambas?

No. No son un lugar real ni un topónimo deformado: es un sitio inventado por la lengua para nombrar la lejanía. A diferencia de Babia, que sí es una comarca leonesa.

¿Se usa «las quimbambas» en Cuba?

Sí, y con mucha vitalidad, igual que en Puerto Rico, la República Dominicana y Venezuela. Allí suele referirse a zonas rurales apartadas o de difícil acceso.

Por qué puedes fiarte de esta ficha

Cada explicación lleva declarado su nivel de certeza. Cuando el origen está documentado, se cita la fuente; cuando solo hay hipótesis, se dice; y cuando la historia que circula por internet es falsa, se desmonta. Así trabajamos. ¿Ves algo que no encaja? Cuéntanoslo.

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