El chupinazo
Cohete que anuncia el comienzo de unas fiestas y, por extensión, el acto inaugural en el que se lanza.
Cohete que anuncia el comienzo de unas fiestas y, por extensión, el acto inaugural en el que se lanza.
Ejemplos de uso
- «El programa cultural incluye una actividad dedicada a «El chupinazo» y explica sus variantes locales.»
- «La investigadora documentó cómo ha cambiado el chupinazo sin convertir una costumbre regional en norma de toda España.»
Alcance y precisión documental
El Chupinazo de San Fermín se dispara desde la Casa Consistorial de Pamplona a las 12:00 del 6 de julio. Es el ejemplo más conocido, pero la palabra se usa también en muchas otras fiestas.
Qué es exactamente
En su sentido estricto, el chupinazo es un artefacto pirotécnico: un cohete que se dispara hacia arriba y cuya gracia no es visual sino sonora. No dibuja nada en el cielo. Estalla, y su función es que se oiga en todo el pueblo a la vez, porque lo que hace es dar una señal.
De ahí pasó a nombrar el acto completo, que es lo que hoy entiende casi todo el mundo. El acto tiene una liturgia bastante fija: una hora exacta anunciada de antemano, un balcón o un escenario, alguien encargado de encender la mecha, una cuenta atrás y una multitud esperando abajo. Cuando estalla, se acaba la espera y empieza otra cosa.
En Pamplona el guion está especialmente cerrado. A mediodía del 6 de julio, desde el balcón de la Casa Consistorial, se grita a la plaza el saludo a los pamploneses y el viva a San Fermín en castellano y en euskera, y se lanza el cohete. Hasta ese instante los asistentes llevan el pañuelo rojo en la mano, levantado; en cuanto suena, se lo anudan al cuello y no se lo quitan hasta que terminan las fiestas. El detalle no es decorativo: marca con precisión el momento en que se entra en el tiempo de fiesta, que es exactamente para lo que sirve el chupinazo.
Fuera de ahí, la palabra es vocabulario corriente en Navarra, el País Vasco, La Rioja y buena parte de Aragón, donde cualquier pueblo abre sus fiestas patronales con su chupinazo y nadie necesita que se lo expliquen. En el resto de España se conoce sobre todo por la retransmisión de los Sanfermines, y donde no se dice chupinazo se dice cohete, traca o simplemente pregón.
Conviene no confundirlo con el pregón, que es un discurso, ni con la traca, que es una tirada de petardos encadenados. Muchas fiestas tienen las tres cosas, en ese orden. El chupinazo es solo el disparo que corta la cinta.
De dónde viene
La palabra viene de chupín, nombre popular del cohete en Navarra y en el valle del Ebro, con el sufijo -azo, que en castellano forma nombres de golpe y de estallido: un portazo, un cañonazo, un chupinazo. Esa parte es clara. La forma vasca txupinazo, hoy habitual en la rotulación oficial, es la misma palabra con la ortografía del euskera.
Lo que no está resuelto es de dónde sale chupín. Se han propuesto dos caminos. Uno lo hace venir de una base euskérica, apoyándose en la geografía de la palabra, que coincide con el área de contacto entre el castellano y el euskera. El otro lo explica como onomatopeya, del sonido del cohete al subir. Ninguna de las dos se ha impuesto sobre la otra, y no son incompatibles del todo, porque una base onomatopéyica puede haber cuajado en cualquiera de las dos lenguas y pasado luego a la vecina.
La costumbre es otro asunto, y aquí hay que separar dos cosas que se confunden con mucha facilidad. Abrir una fiesta disparando cohetes es una práctica general, antigua y no atribuible a ningún sitio: donde ha habido pólvora y fiesta patronal ha habido cohetes de aviso. Lo que sí tiene fecha aproximada es el ritual pamplonés concreto, con su hora fija, su plaza y su balcón, que se institucionaliza a lo largo del primer tercio del siglo XX. Antes de eso, las fiestas de San Fermín empezaban formalmente con la víspera y con los actos religiosos, no con un cohete convertido en ceremonia.
La forma que hoy se reconoce —el saludo desde el balcón, el pañuelo, la plaza abarrotada— se fija todavía más tarde, y su difusión nacional se debe por completo a la televisión.
Hasta qué punto está probado
Hay una ilusión óptica muy común con los Sanfermines y conviene desmontarla, porque afecta de lleno a esta ficha: la fiesta es antigua, pero no todo lo que hay dentro de ella lo es.
Las fiestas de San Fermín tienen siglos, y algunos de sus actos también. El chupinazo, no. Es una incorporación del siglo XX a una fiesta vieja, y esa condición de añadido reciente no le quita nada, pero es lo que hay. Circulan relatos sobre el primer chupinazo, con vecinos concretos que habrían empezado a disparar cohetes por su cuenta, y las versiones no coinciden entre sí ni están firmemente establecidas, así que lo honrado es quedarse en el marco temporal amplio y no dar una fecha exacta que no se sostenga.
De la etimología ya se ha dicho lo esencial: hay dos hipótesis vivas para chupín y la cuestión sigue abierta. Quien afirme que la palabra es vasca sin más, o que es onomatopeya y punto, está eligiendo bando en una discusión que no está cerrada.
las fuentes permiten afirmar sin reservas es la geografía. La palabra es del área navarro-riojano-aragonesa y del País Vasco, y su expansión al resto del español peninsular es reciente y mediática. Eso se comprueba sin dificultad: fuera de esa zona, la gente entiende la palabra pero no la usa para las fiestas de su propio pueblo.
Cómo se vive hoy
El chupinazo de Pamplona se ha convertido en un acontecimiento de masas que poco tiene que ver con el aviso vecinal del que salió. La plaza Consistorial se llena hasta el límite, con miles de personas dentro y decenas de miles en las calles de alrededor, y el acto se retransmite en directo por televisión y por internet. El balcón se ha vuelto un espacio disputado: se concede a colectivos, entidades o personas señaladas, y esa elección se discute cada año en la prensa local.
Con la masificación han llegado los problemas propios de la masificación. El calor, la densidad de gente y el alcohol de la mañana hacen del chupinazo el momento más delicado de las fiestas en términos de seguridad. Y desde hace años ocupa un lugar central el trabajo contra las agresiones sexuales, con protocolos, puntos de atención y una presencia constante del asunto en el discurso institucional y en el de las peñas. Forma parte de cómo se vive hoy el acto, no es un añadido lateral.
La versión turística existe y está bien desarrollada: viajes organizados, alquiler de balcones, patrocinios, merchandising y una imagen exportada del pañuelo rojo que funciona como marca de ciudad. La versión local convive con ella y no siempre a gusto, con una tensión reconocible en muchas fiestas grandes entre los que la celebran y los que la visitan.
Mientras tanto, en los pueblos el chupinazo sigue siendo lo que era: un cohete, un balcón, el alcalde o la peña de turno, y cien o mil personas que ya estaban esperando. Ahí no ha cambiado casi nada. Y la palabra ha ganado terreno por imitación, de manera que hoy se anuncian chupinazos en sitios donde hace treinta años se decía otra cosa.
importa recordar para qué sirve, porque con la espectacularidad se olvida. El chupinazo no es el final de nada: es la puerta. Después del cohete quedan por delante una semana larga de fiestas, los encierros de cada mañana, las peñas, las charangas y los toros de la tarde, y el acto solo tiene sentido como apertura de todo eso. Quien viaja a Pamplona únicamente para el mediodía del 6 de julio se lleva el envoltorio y se pierde la fiesta, que es lo que empieza justo cuando la plaza se vacía.
Costumbres parecidas
Su pareja exacta es pobre de mí, el acto que cierra los Sanfermines a medianoche del 14 de julio, con velas encendidas y el pañuelo que por fin se desanuda. Los dos delimitan el tiempo de fiesta, uno por arriba y otro por abajo, y ninguno de los dos tiene sentido sin el otro: el chupinazo solo significa algo porque hay una fecha en la que aquello se acaba.
El riau-riau ocupa el resto de ese mismo 6 de julio y ha corrido una suerte opuesta. Mientras el chupinazo se convertía en emblema nacional, el riau-riau salía del programa oficial. Dos actos del mismo día y de la misma fiesta, con destinos contrarios.
Fuera de Navarra, la comparación más útil es con bajar el Celedón en Vitoria: idéntica función —dar por abiertas las fiestas en un instante preciso, ante toda la ciudad— resuelta con un artefacto distinto, un muñeco que cruza el aire en lugar de un cohete que estalla. Y con la mascletà valenciana el parentesco es de materia pero no de propósito, porque allí la pólvora no anuncia nada: la pólvora es el espectáculo.
Dónde se dice y con qué sentido
La expresión se usa con el mismo sentido en todos estos países. Cuando hemos encontrado algún matiz propio, queda anotado.
Preguntas frecuentes
¿Qué significa «El chupinazo»?
Cohete que anuncia el comienzo de unas fiestas y, por extensión, el acto inaugural en el que se lanza.
¿Qué conviene matizar?
El Chupinazo de San Fermín se dispara desde la Casa Consistorial de Pamplona a las 12:00 del 6 de julio. Es el ejemplo más conocido, pero la palabra se usa también en muchas otras fiestas.
Fuentes y referencias
Qué sostiene esta ficha
- Certeza declarada: se citan fuentes documentales; su alcance se explica en el análisis y las referencias.
- Fuentes citadas: una obra.
- Testimonio escrito citado: no se aporta una referencia específica en este campo.
- Estado editorial: cotejado contra fuentes primarias y corpus histórico.
Así trabajamos. ¿Usas esta expresión de otra forma en tu región, o conoces una variante local que no aparece aquí? Cuéntanosla y la añadimos citándote.
Expresiones emparentadas
El riau-riau
Marcha sanferminera en la que la multitud acompaña a la corporación municipal camino de las vísperas al son del vals…
Bajar el Celedón
Acto que abre las fiestas de la Virgen Blanca en Vitoria-Gasteiz: un muñeco de Celedón desciende con paraguas…
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Noche del 5 al 6 de enero en la que, según la tradición española, los Reyes Magos dejan regalos a los niños.
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En euskera, hamaiketako es la comida ligera que se toma hacia media mañana, alrededor de las once.