No hay peor sordo que el que no quiere oír
- Origen y documentación: Refrán viejísimo y muy estable: de las obras que hemos podido consultar, la más antigua que lo trae es un refranero impreso en Sevilla en 1508, y vuelven a recogerlo Hernán Núñez en 1555, Covarrubias en 1611…
- Variantes recogidas: No hay mayor sordo que el que no quiere oír
- En otros idiomas: «there are none so deaf as those who will not hear» (EN)
Reproche a quien se niega a escuchar razones o avisos: su sordera no es física sino voluntaria, y por eso no tiene remedio posible.
No se conoce el origen. Preferimos decirlo antes que inventarlo.
Quien no quiere oír no oye, y contra eso no hay remedio. El refrán reprocha a alguien haberse cerrado en banda ante un aviso o un argumento, y lo hace con una paradoja calculada: llama sordo al que oye perfectamente. La sordera del oído admite rodeos; la de la voluntad los cierra todos de antemano, porque es esa misma voluntad la que irá tapando cada vía nueva que se pruebe.
Qué significa exactamente
La sentencia pone dos incapacidades en la misma balanza y falla a favor de la segunda como la más grave. Visto de lejos es una injusticia, porque compara una desgracia con una decisión. Visto en la práctica de una conversación es exacto. Al sordo se le escribe, se le habla de frente para que lea los labios, se le busca intérprete: hay camino. Al que no quiere oír no se le puede ofrecer ninguno, porque el obstáculo no está en el canal sino en el destinatario, y se mueve con él.
Conviene afinar qué se reprocha. No es torpeza: el refrán no llama tonto a nadie. Tampoco es exactamente mentira, porque el que no quiere oír puede ser sincerísimo. Lo que ha hecho es fijar la conclusión antes que las pruebas, de modo que todo lo que llegue después se ordena solo para confirmarla. Y ni siquiera hace falta mala fe. Casi siempre hay debajo miedo, orgullo, o el simple cansancio de tener que cambiarse de sitio.
El molde es de los más productivos del castellano. No hay peor más un caso extremo sirve para coronar una categoría, y de ahí salen sentencias emparejadas como no hay peor ciego que el que no quiere ver o no hay peor cuña que la de la misma madera. La del ciego es su gemela y se usa tanto como ella, pero hay una diferencia real de matiz que casi nadie nota: el ciego voluntario se niega ante una evidencia que tiene delante; el sordo voluntario se niega ante alguien que le está hablando. Uno rechaza un hecho, el otro rechaza a una persona. Por eso este suena más a reproche personal, y escuece más.
Hay una vecindad que invierte los signos y vale la pena señalarla. A palabras necias, oídos sordos emplea exactamente la misma imagen y la convierte en virtud: allí no oír es prudencia y buen criterio. La sordera selectiva se condena o se alaba según quién esté hablando, no según lo que se haga. Eso dice bastante sobre cómo funciona el refranero, que no es un código moral coherente sino un almacén de argumentos con material disponible para los dos bandos de cualquier discusión.
Queda una advertencia sobre su uso que un filólogo honesto no debería callarse. La sentencia dictamina sobre el interior de otra persona, sobre lo que quiere y lo que no quiere, que es precisamente lo que no se puede comprobar. Y es comodísima: quien la pronuncia queda dispensado de seguir argumentando, porque ha reclasificado el desacuerdo como un defecto de carácter del contrario. Funciona igual de bien se tenga razón o no se tenga. Ahí está a la vez su eficacia retórica y su trampa.
De dónde viene
Es bastante más viejo de lo que suele contarse. De las obras que hemos podido consultar, la más antigua que lo trae es de 1508: los Refranes que dizen las viejas tras el fuego, impresos en Sevilla por Jacobo Cromberger. El libro se atribuye desde antiguo al marqués de Santillana, que murió en 1458, pero esa atribución se discute y de cuándo se escribió no sabemos nada. El refrán va suelto en la lista, entre otros dos, con la ortografía de entonces: «Non hay peor sordo, quel que non quiere oir». Vuelve a salir en la colección de refranes que publicó Hernán Núñez en 1555, y en 1611 lo recoge Covarrubias en su Tesoro de la lengua castellana, dentro de lo que cuenta de la palabra sordo; esos dos escaneos están tan dañados que no se puede copiar la frase de ellos, solo dar fe de que está. También lo apuntó Gonzalo Correas, que vivió entre 1571 y 1631, aunque su vocabulario de refranes no llegó a imprimirse hasta 1906.
Todo eso marca un suelo, no un origen. Un refranero es un inventario de lo que dice la gente, no una partida de nacimiento. Que alguien lo pusiera por escrito en 1508 demuestra que existía antes de 1508, y nada más. Cuánto antes, no lo sabemos, y quien ponga una fecha exacta se la está inventando.
En francés dicen lo mismo palabra por palabra. Un diccionario francés del siglo XIX, el de Littré, lo trae como proverbio corriente —«il n’est point de pire sourd que celui qui ne veut point entendre»— y lo explica igual que lo explicaríamos aquí: se dice del hombre que oye muy bien lo que le dicen y, como no quiere contestar, finge no entender. Lo que no se sabe es cómo llegaron las dos lenguas a tenerlo. Caben dos explicaciones: que venga de una frase común que corría por media Europa y que cada idioma fue traduciendo a su manera, o que uno se lo copiara al otro más tarde. Para decidirlo haría falta el eslabón del medio, y no hemos dado con él: buscamos el refrán en latín en los Adagia de Erasmo, una colección de dichos antiguos de 1500, y no está; los adagios de sordos que trae son otros. Así que de momento son dos posibilidades y nada más.
Sí hay una imagen mucho más antigua que se le parece, aunque nada de lo que hemos leído demuestre que el refrán salga de ella. Es bíblica. En el libro de Ezequiel, Dios habla así de su pueblo: «tienen ojos para ver, y no ven, tienen oídos para oir, y no oyen; porque son casa rebelde». Y en los evangelios vuelve una y otra vez la fórmula «El que tiene oídos para oir, oiga». Es el mismo reproche que el del refrán: no es que no puedas, es que no quieres. Y pesaba mucho en una sociedad donde casi nadie sabía leer, porque la doctrina, la ley y las noticias entraban por el oído: a misa no se iba a leerla, se iba a oírla, y así se decía ya en el Lazarillo de Tormes, donde el criado cuenta de su amo que «le vi oír misa y los otros oficios divinos». Negarse a oír no era allí una manía privada. Era desobedecer. Pero que la imagen estuviera a mano no prueba que el refrán venga de ella: es un parecido, no un parentesco.
Hay otro campo que carga la palabra de un peso que hoy se nos escapa, y es el judicial. En la Castilla del Antiguo Régimen, el magistrado de una Audiencia o de una Chancillería —la de Valladolid, la de Granada— se llamaba oidor, literalmente el que oye. Administrar justicia consistía en dar audiencia, esto es, en escuchar a las partes. El diccionario de la Academia lo definía así en 1914: el oidor era el juez que, en las audiencias del reino, «oía y sentenciaba las causas y pleitos que en ellas ocurrían». Y hoy todavía un tribunal oye a un testigo. Con ese trasfondo, llamar sordo a alguien suena a algo más que a no atender: suena a negarle a otro su turno de palabra. Es un eco, no una prueba: el refrán no habla de jueces, y no hemos encontrado a nadie que lo relacione con ellos.
Un último apunte, que no explica el refrán pero dice algo de él. En los libros viejos aparece casi siempre en listas, una línea entre otras mil, y así cuesta saber si la gente lo decía de verdad o si solo se lo copiaban unos recopiladores a otros. En 1849 lo tenemos ya en boca de un personaje. Es en La gaviota, la novela de Fernán Caballero: una condesa se despide de un duque levantando el dedo en señal de amenaza, él pregunta qué significa eso, ella se hace la misteriosa y, cuando él insiste, le contesta «¿Fingís que no me entendéis? No hay peor sordo que el que no quiere oír». Funciona exactamente igual que hoy: un portazo educado en mitad de una conversación.
Hasta qué punto está probado
Hay que separar dos cosas. La edad está probada: el refrán anda impreso desde 1508 y lo repiten refraneros y diccionarios de los siglos siguientes; el último que hemos visto es de 1922. El origen, no. De todo lo que hemos podido consultar, nadie cuenta de dónde salió; los diccionarios se limitan a decir qué significa, y lo dicen casi con las mismas palabras de un siglo a otro: el de la Academia de 1869 explica que «son inútiles los medios con que se persuade al que con tenacidad y malicia no quiere hacerse cargo de las razones de otro», y eso es una definición, no una historia. Los tres libros modernos que suelen contar el origen de los dichos, los de Iribarren, Buitrago y Doval, no lo traen. Es de esas frases que no tienen padre conocido. Para avanzar haría falta encontrarla en algún texto anterior a 1508 —una crónica, un sermón, una carta—, y ahí no hemos llegado.
Cómo se usa hoy
Está entre los refranes más vivos del castellano y su registro es neutro: cabe en una discusión familiar, en una reunión de trabajo y en un editorial sin desentonar en ninguna de las tres. No hace falta rebajarlo ni pedir permiso para soltarlo.
Se dice casi siempre en tercera persona, como diagnóstico. Dicho a la cara cambia de función y deja de ser un argumento: pasa a ser el anuncio de que se abandona la discusión, un portazo educado. Quien lo recibe lo entiende perfectamente así, y no suele sentarle bien.
Sus terrenos habituales son los avisos desatendidos. El familiar al que se lleva años recomendando que vaya al médico. El cliente al que se le explicó tres veces que el contrato no cubría eso. El compañero que hace lo mismo cada vez y cada vez le sale mal. En el debate público se ha vuelto frecuentísimo contra quien rechaza un consenso técnico, y conviene notar que ahí lo usan por igual los dos lados de cualquier polémica: el refrán no identifica quién tiene razón, solo describe una actitud, y por eso sirve indistintamente al que la tiene y al que no.
Se recorta con toda naturalidad. Basta con arrancar —ya se sabe, no hay peor sordo…— para que el interlocutor complete el resto, y así aparece continuamente en titulares y en conversación. Fuera de España se entiende sin ninguna dificultad en todo el ámbito hispanohablante, y al francés no hay ni que traducirlo, porque tiene la misma frase.
Dos usos naturales: Le avisamos de que esa inversión tenía trampa y firmó igual; no hay peor sordo que el que no quiere oír. Y en el sentido resignado: Déjalo ya, que llevas media hora explicándoselo. No hay peor sordo.
Expresiones parecidas
El pariente más inmediato es hacer oídos sordos, y la diferencia entre los dos es de nivel. Hacer oídos sordos describe la conducta, sin más; el refrán la juzga y encima dictamina que no tiene arreglo. Uno constata, el otro sentencia. Entrar por un oído y salir por otro se le parece por fuera y dice algo bastante distinto: ahí no hay resistencia, hay falta de retención, y el reproche es de descuido, no de voluntad.
Del lado del que habla están hablar a la pared y predicar en el desierto, que ponen el foco en la inutilidad del esfuerzo propio en vez de en la culpa ajena. La pared no tiene voluntad de nada, y en eso se distinguen: quien habla a la pared se queja de perder el tiempo, quien cita el refrán acusa. Dar la callada por respuesta nombra otra cosa más, el silencio como táctica, que puede convivir con haber escuchado perfectamente.
Y luego está la pareja invertida de siempre, a palabras necias, oídos sordos, que recomienda exactamente la conducta que el refrán condena. También es vieja, aunque antes se dijera de otra manera: Hernán Núñez las recogió las dos en 1555, y esta segunda en la forma a palabras locas, orejas sordas. Que circulen juntas sin estorbarse no es una contradicción del refranero, sino su forma de funcionar: cada sentencia se enuncia desde una posición, y aquí la posición cambia según se sea el que habla o el que se niega a escuchar.
⏳ Cronología y Registro Histórico
«Non hay peor sordo, quel que non quiere oir.»
Cómo cambia según el país
La misma expresión no significa lo mismo en todas partes. Estas son las diferencias regionales que conviene conocer antes de usarla fuera de casa.
Argentina
El que no quiere escuchar no escucha por más que se le explique.
Mismo sentido, sin diferencias apreciables.
«Se lo dijimos mil veces, pero no hay peor sordo que el que no quiere oír.»
Chile
Reproche al que se hace el desentendido con los avisos.
Mismo sentido, sin diferencias apreciables.
«Le insistimos harto, pero no hay peor sordo que el que no quiere oír.»
Colombia
Quien se niega a oír consejos no tiene remedio.
Mismo sentido, sin diferencias apreciables.
«Uno le avisa y no hace caso: no hay peor sordo que el que no quiere oír.»
España
Reproche al que no escucha
Se dice de terceros más que a la cara; a la cara equivale a dar la discusión por perdida
«Se lo hemos avisado cinco veces, pero no hay peor sordo que el que no quiere oír.»
México
Reproche a quien se niega a escuchar razones: su sordera es voluntaria.
Mismo sentido, sin diferencias apreciables; se dice sobre todo de terceros.
«Ya se lo advertimos tres veces, pero no hay peor sordo que el que no quiere oír.»
Perú
El que no quiere entender no entiende por mucho que se le repita.
Mismo sentido, sin diferencias apreciables.
«Se lo repetimos hasta el cansancio: no hay peor sordo que el que no quiere oír.»
Venezuela
Reproche a quien se niega a escuchar razones.
Mismo sentido, sin diferencias apreciables.
«Le hemos dicho de todo, pero no hay peor sordo que el que no quiere oír.»
Ejemplos de uso
- «Le hemos dicho que el enchufe echa chispas y sigue conectando ahí la estufa; no hay peor sordo que el que no quiere oír.»
- «El encargado ignoró tres informes de seguridad seguidos: no hay mayor sordo que el que no quiere oír.»
- «Los vecinos llevan avisando del socavón desde el invierno, pero no hay peor sordo que el que no quiere oír.»
Así suena en una conversación
Después de avisar tres veces
—Se lo he dicho de todas las maneras.
—No hay peor sordo que el que no quiere oír.
—Pues que apechugue.
En una junta
—Tiene el informe delante.
—Y mira para otro lado: no hay peor sordo que el que no quiere oír.
Cómo se dice en otros idiomas
EN
there are none so deaf as those who will not hear
Literalmente: no hay nadie tan sordo como el que no quiere oír
FR
il n'est pire sourd que celui qui ne veut pas entendre
Literalmente: no hay peor sordo que el que no quiere oír
Preguntas frecuentes
¿Qué significa no hay peor sordo que el que no quiere oír?
Que quien se niega deliberadamente a escuchar es más difícil de convencer que quien no puede oír físicamente: su sordera es una decisión, no una limitación, y por eso no admite ningún rodeo.
¿De dónde viene el refrán no hay peor sordo que el que no quiere oír?
No se sabe. Lo que sí sabemos es que es viejísimo: ya está impreso en un refranero de 1508, y vuelve a salir en 1555 y en 1611. Eso prueba que ya circulaba, no de dónde salió: ninguna de las obras que hemos podido consultar lo explica.
¿Cuándo se dice no hay peor sordo que el que no quiere oír?
Cuando alguien rechaza avisos o razones una y otra vez. Suele decirse en tercera persona, como diagnóstico; a la cara funciona más bien como anuncio de que se abandona la discusión.
¿Es lo mismo que hacer oídos sordos?
Son parientes, pero no lo mismo. Hacer oídos sordos describe la acción de no atender; el refrán la juzga y añade que no tiene remedio. Uno constata, el otro sentencia.
Fuentes y referencias
- Atribuido a Íñigo López de Mendoza, marqués de Santillana, Refranes que dizen las viejas tras el fuego (ed. Sevilla, Jacobo Cromberger, 1508; texto tomado de la reimpresión de Mayáns y Siscar, Madrid, 1873), «Non hay peor sordo, quel que non quiere oir.»
- Núñez de Toledo y Guzmán, Hernán, Refranes o proverbios en romance, por el orden alfabético (1555), letra N (el escaneo está dañado y no permite copiar la frase) y letra A, donde figura también el refrán contrario, a palabras locas, orejas sordas
- Covarrubias Orozco, Sebastián de, Tesoro de la lengua Castellana, o Española (1611), s. v. sordo (el escaneo está dañado y no permite copiar la frase; también figura en la reimpresión de 1873)
- Correas, Gonzalo, Vocabulario de refranes y frases proverbiales (ejemplar consultado: ed. de 1906), letra N (el escaneo está dañado y no permite copiar la frase)
- Anónimo, La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades (1554), «le vi oír misa y los otros oficios divinos»
- Erasmo de Róterdam, Adagia (1500), texto latino del tomo II de las Opera Omnia, Leiden, 1703, consultado sin encontrar el refrán
- Fernán Caballero (Cecilia Böhl de Faber), La gaviota (1849), «¿Fingís que no me entendéis? No hay peor sordo que el que no quiere oír.»
- Real Academia Española, Diccionario de la lengua castellana (1869), s. v. sordo, «que explica que son inútiles los medios con que se persuade al que con tenacidad y malicia no quiere hacerse cargo de las razones de otro.»
- Littré, Émile, Dictionnaire de la langue française, tome 4 (Q-Z) (1863; ejemplar consultado: ed. Paris, Hachette, 1883), s. v. sourd, «il n'est point de pire sourd que celui qui ne veut point entendre»
- Real Academia Española, Diccionario de la lengua castellana (1914), s. v. oidor, «oía y sentenciaba las causas y pleitos que en ellas ocurrían.»
- La Santa Biblia, Antiguo Testamento (versión Reina-Valera, revisión de 1909), Ezequiel 12:2, «tienen ojos para ver, y no ven, tienen oídos para oir, y no oyen; porque son casa rebelde.»
- La Santa Biblia, Nuevo Testamento (versión Reina-Valera, revisión de 1909), Mateo 11:15, «El que tiene oídos para oir, oiga.»
Qué sostiene esta ficha
- Certeza declarada: el origen no está documentado.
- Fuentes citadas: 12 obras.
- Testimonio escrito citado: Refranes que dizen las viejas tras el fuego (ed. Sevilla, Jacobo Cromberger, 1508; texto tomado de la reimpresión de Mayáns y Siscar, Madrid, 1873), 1508.
- Estado editorial: cotejado contra fuentes primarias y corpus histórico.
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