Llorar como una Magdalena
Llorar de manera desconsolada y prolongada, con lágrimas abundantes y sin conseguir contenerse pese a los consuelos.
Se llora como una Magdalena cuando no hay manera de cortar el llanto: largo, ruidoso, a la vista de todos y resistente a cualquier consuelo. La comparación remite a María Magdalena, pero el episodio del que sale la imagen no lo protagoniza ella. Es otra mujer, anónima, y la confusión tiene autor y fecha conocidos.
Qué significa exactamente
La expresión no describe cualquier llanto. Describe uno concreto y con tres características.
La primera es la duración. Se llora como una Magdalena durante un rato largo, no en un sollozo puntual. La segunda es la falta de control: quien llora así no puede parar aunque quiera, y esa impotencia es parte del retrato. La tercera es la visibilidad. No es un llanto discreto ni contenido; se oye, se nota y suele haber gente delante.
Lo que no exige es una causa grave. Se llora como una Magdalena en un entierro, pero también en una boda, viendo una película, despidiendo a alguien en un aeropuerto o por un berrinche de crío. La expresión mide la intensidad del llanto, no la del motivo. De ahí que casi siempre lleve un punto de humor: hay un ligero exceso implícito, como si la reacción se hubiera desbordado un poco.
Una precisión gramatical que se pregunta a menudo: el femenino es fijo. Se dice que un hombre acabó llorando como una Magdalena, y es perfectamente correcto, porque la comparación no concuerda con quien llora, sino con la figura evocada. Igual que se dice que alguien está hecho un cristo sin que eso implique nada sobre su sexo.
Frente a expresiones cercanas: «llorar a moco tendido» dice lo mismo en registro más bajo y con más énfasis en el aspecto físico del asunto. «Llorar a lágrima viva» y «deshacerse en lágrimas» son algo más literarias. «Romper a llorar» nombra el comienzo, no la duración. Y «lágrimas de cocodrilo» está en el extremo opuesto: allí el llanto es fingido, y aquí es todo lo contrario.
Vale la pena notar que la expresión incorpora también una idea de resistencia al consuelo. A quien llora como una Magdalena se le intenta calmar y no se consigue; ese detalle está en la escena de origen, donde la mujer llora largo rato sin que nadie la interrumpa, y ha quedado incorporado al sentido. Si el llanto se corta a la primera palabra amable, la comparación se queda grande.
De dónde viene
De una escena del evangelio de Lucas, en el capítulo séptimo. Y de un error de identificación que duró catorce siglos.
La escena: Jesús está invitado a comer en casa de un fariseo. Entra una mujer de la ciudad, a la que el texto llama pecadora sin más detalle, con un frasco de alabastro lleno de perfume. Se coloca detrás, a los pies de Jesús, y se echa a llorar. Le moja los pies con las lágrimas, se los seca con su propio cabello, se los besa y los unge con el perfume. El anfitrión se escandaliza en silencio; Jesús le responde con una parábola sobre dos deudores y despide a la mujer perdonada.
Esa mujer no tiene nombre en el texto. Ni uno.
María Magdalena aparece unos versículos más adelante, ya en el capítulo octavo, presentada como una persona distinta: una de las mujeres que seguían al grupo, de la que habían salido siete demonios. Lucas no insinúa en ningún momento que sean la misma.
Hay todavía una tercera mujer en juego: María de Betania, hermana de Marta y de Lázaro, que en el evangelio de Juan unge los pies de Jesús con perfume y se los seca con el pelo. Tres mujeres, tres episodios, tres personas.
El día en que las tres se convirtieron en una
La fusión tiene responsable y tiene fecha. En una homilía del año 591, el papa Gregorio Magno identificó a las tres como una sola mujer: la pecadora de Lucas, María de Betania y María Magdalena. Occidente aceptó esa lectura y la mantuvo durante siglos.
Merece la pena subrayar dos cosas. La primera: las iglesias orientales nunca asumieron la identificación, y siguieron distinguiéndolas. La segunda: la Iglesia católica revisó el asunto en la reforma del calendario litúrgico de 1969 y separó de nuevo a las tres figuras. Es decir, que la confusión estuvo vigente durante casi mil cuatrocientos años y hoy no lo está.
De esa fusión sale toda la iconografía de la Magdalena penitente que llena los museos: la melena suelta, el frasco de perfume, los ojos enrojecidos, a veces una calavera al lado. La Contrarreforma multiplicó esas imágenes porque le venían de maravilla para predicar el arrepentimiento, y los grandes pintores del barroco español las produjeron a decenas. Nada de eso está en el texto. Está en la lectura del texto.
Ahora bien, en honor a la verdad hay que decir que la Magdalena sí llora en los evangelios. En el capítulo veinte de Juan aparece junto al sepulcro vacío, llorando, y es a ella a quien el resucitado se muestra primero. De modo que la imagen de la mujer que llora no es del todo ajena al personaje real; lo que no es suyo es el episodio del perfume y las lágrimas sobre los pies, que es el que ha alimentado la expresión.
Un apunte para evitar otro cruce frecuente: el bollo llamado magdalena no viene de esta señora, al menos no directamente. El diccionario académico lo remite al francés madeleine, y su historia es la de un dulce, no la de una santa. Comparten el nombre de pila y poco más.
Lo que aquella confusión trajo consigo
La identificación no fue un error inocuo de erudición. Convertida en la pecadora arrepentida por excelencia, la Magdalena se transformó en patrona de las mujeres a las que la sociedad quería reformar, y su nombre acabó bautizando instituciones enteras. En España y en otros países hubo casas de arrepentidas o de la Magdalena destinadas a acoger, y a menudo a recluir, a mujeres que ejercían la prostitución. En Irlanda, las conocidas como lavanderías de la Magdalena funcionaron hasta finales del siglo XX y su historia es cualquier cosa menos edificante.
No es materia de esta ficha, pero conviene saberlo por una razón lingüística: cuando una figura acumula tanto peso cultural, sus rasgos se vuelven proverbiales, y una expresión como esta no habría cuajado si la Magdalena llorosa no hubiera estado presente en cada iglesia, en cada museo y en cada sermón durante siglos. Las frases hechas no nacen de los textos, sino de las imágenes que los textos generan.
Cómo se usa hoy
Está viva en España y en América con el mismo sentido, y es de las expresiones que todo el mundo entiende sin necesidad de contexto.
El registro es coloquial y el tono, casi siempre ligero. Se emplea mucho en primera persona y con autoironía —confesar que uno acabó una película llorando como una Magdalena es una manera simpática de admitir que se emocionó— y también sobre terceros, y ahí conviene medir. Decirlo de alguien que está pasando un duelo real, delante de esa persona, suena a burla aunque no se pretenda. La expresión no es cruel, pero tampoco es solemne, y para el dolor serio hay palabras mejores.
Sobre la escritura: el diccionario académico recoge la locución con el nombre en minúscula, tratándolo ya como un común lexicalizado. En la práctica conviven las dos grafías, y escribirlo con mayúscula, pensando en el personaje, tampoco chirría.
No existe versión masculina, y los intentos de crearla suenan a chiste. La comparación evoca una figura concreta y esa figura es una mujer, se aplique a quien se aplique.
Las construcciones más frecuentes son «llorar como una Magdalena», «ponerse a llorar como una Magdalena» y «estar hecha una Magdalena», esta última algo más antigua y de sabor más castizo. También se oye la forma abreviada «hecha una Magdalena», sin verbo, en respuestas rápidas.
Expresiones parecidas
Para el mismo llanto desatado, el español ofrece «llorar a moco tendido», «llorar a lágrima viva», «estar hecho un mar de lágrimas» y «llorar como un niño», esta última con un matiz de desamparo que las otras no tienen.
En sentido contrario están las que describen el llanto falso, con «lágrimas de cocodrilo» a la cabeza, y las que niegan el llanto, del tipo «no soltar una lágrima».
Dentro del mismo repertorio de origen bíblico, comparte vecindario con «sudar sangre», que pertenece a otra escena de la Pasión y que nombra el esfuerzo extremo, no la emoción; y con «estar hecho un cristo», que describe el aspecto lamentable y no el llanto. Las tres proceden de imágenes religiosas convertidas en moneda corriente, y las tres se usan hoy sin la menor conciencia de su procedencia.
Dónde se dice y con qué sentido
La expresión se usa con el mismo sentido en todos estos países. Cuando hemos encontrado algún matiz propio, queda anotado.
Argentina
Llorar de manera desconsolada y prolongada, con lágrimas abundantes y sin conseguir contenerse pese a los consuelos.
Chile
Llorar de manera desconsolada y prolongada, con lágrimas abundantes y sin conseguir contenerse pese a los consuelos.
Colombia
Llorar de manera desconsolada y prolongada, con lágrimas abundantes y sin conseguir contenerse pese a los consuelos.
España
Llanto largo e incontenible
Se aplica a ambos sexos pese al femenino
«Acabó la película llorando como una Magdalena.»
México
Llorar de manera desconsolada y prolongada, con lágrimas abundantes y sin conseguir contenerse pese a los consuelos.
Perú
Llorar de manera desconsolada y prolongada, con lágrimas abundantes y sin conseguir contenerse pese a los consuelos.
Venezuela
Llorar de manera desconsolada y prolongada, con lágrimas abundantes y sin conseguir contenerse pese a los consuelos.
Cómo se dice en otros idiomas
EN
to cry one's eyes out
Literalmente: llorar hasta quedarse sin ojos
Preguntas frecuentes
¿Qué significa «llorar como una Magdalena»?
Llorar de manera desconsolada y prolongada, sin conseguir contenerse pese a los consuelos. No exige una causa grave: se llora así en un entierro y también viendo una película, porque la expresión mide la intensidad del llanto, no la del motivo.
¿De dónde viene «llorar como una Magdalena»?
De una escena del evangelio de Lucas, capítulo 7, en la que una mujer pecadora riega con lágrimas los pies de Jesús y se los seca con su cabello. El texto no le da nombre. La identificación con María Magdalena procede de una homilía del papa Gregorio Magno del año 591, que Occidente asumió durante siglos.
¿Es verdad que la mujer que llora en el evangelio es María Magdalena?
No. En el evangelio de Lucas son personas distintas: la pecadora anónima aparece en el capítulo 7 y María Magdalena se presenta en el 8, sin relación entre ambas. La confusión, que incluye también a María de Betania, arranca de una homilía del año 591; la Iglesia católica volvió a separarlas en 1969.
¿Se puede decir de un hombre que llora como una Magdalena?
Sí, y es correcto. El femenino es fijo porque la comparación no concuerda con quien llora, sino con la figura evocada, igual que ocurre en estar hecho un cristo. No existe versión masculina, y los intentos de crearla suenan a chiste.
Fuentes consultadas
- Biblia, Lucas 7
- Gregorio Magno, Homilías sobre los evangelios
- DLE (RAE-ASALE)
Por qué puedes fiarte de esta ficha
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