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La puntualidad es la cortesía de los reyes

Respuesta rápida
«La puntualidad es la cortesía de los reyes» significa Sentencia según la cual hacer esperar es una descortesía que ni siquiera quien manda puede permitirse, porque el tiempo del otro también vale.
  • Origen y documentación: La sentencia es francesa —l'exactitude est la politesse des rois— y se atribuye a Luis XVIII con dos referencias concretas y nombradas: los Mémoires de Louis XVIII publicados en París entre 1832 y 1833…
  • Variantes recogidas: La exactitud es la cortesía de los reyes · La puntualidad es la educación de los reyes
  • En otros idiomas: «L exactitude est la politesse des rois» (FR)

Sentencia según la cual hacer esperar es una descortesía que ni siquiera quien manda puede permitirse, porque el tiempo del otro también vale.

Origen disputado

Conviven varias hipótesis sin consenso entre especialistas.

Hacer esperar es una descortesía que ni siquiera quien manda puede permitirse: eso sostiene la sentencia, que convierte la puntualidad en una obligación de rango. El tiempo del otro también vale, y el que tiene poder para robarlo es precisamente el que debe abstenerse.

Qué significa exactamente

La frase razona por una asociación deliberada. Podría haber dicho que llegar tarde está feo, y no habría durado dos siglos. Lo que dice es que la puntualidad pertenece a los reyes, y con eso hace dos cosas a la vez: eleva un hábito menor a la categoría de virtud aristocrática y le tiende una trampa al poderoso. Porque si la puntualidad es propia de reyes, el que llega tarde no es un señor con muchas ocupaciones: es alguien que no da la talla.

Debajo hay un argumento sólido sobre el poder. Hacer esperar es un privilegio: solo puede permitírselo quien no teme las consecuencias, y por eso la espera ha sido siempre un instrumento de jerarquía. El que aguarda en la antesala está reconociendo, minuto a minuto, que su tiempo vale menos. La sentencia le da la vuelta al asunto y sostiene que el verdadero soberano es el que renuncia a ese privilegio. No es un consejo de urbanidad, es una teoría de la autoridad en ocho palabras.

Conviene notar además que la frase no habla del tiempo propio, sino del ajeno. No dice que perder el tiempo sea malo ni que la hora tenga un valor económico, que es lo que sostiene el tiempo es oro. Aquí el tiempo cuenta porque pertenece a otro y porque ese otro lo está gastando en esperarte. Es una máxima sobre el trato y no sobre el rendimiento, y esa diferencia explica que haya envejecido bastante mejor que las sentencias productivistas con las que suele aparecer en la misma lista de citas.

La palabra cortesía

Conviene detenerse en cortesía, que aquí no significa simple amabilidad. La palabra viene de cortés y esta de corte, según recoge el Diccionario de la lengua española de la Real Academia: designaba en su origen el comportamiento propio de quien vive en ella, un código completo de trato y no un gesto suelto. Con ese valor, la frase gana mucho. No dice que el rey sea simpático llegando a la hora; dice que la puntualidad forma parte del código que define a un rey, igual que la manera de saludar o de conceder audiencia.

Ahora bien, ese eco no estaba en el original, y conviene no convertirlo en prueba de nada. El francés no dice courtoisie sino politesse, palabra que nada tiene que ver con la corte: procede del italiano politezza, «limpieza, pulcritud», y en última instancia del latín politus, «pulido», como registra el Trésor de la langue française informatisé. La afinidad entre cortesía y corte es un regalo de la traducción española, un acierto posterior. Ilumina cómo entendemos hoy la frase en castellano, pero no dice absolutamente nada sobre quién la dijo ni cuándo.

La segunda parte que casi nadie dice

La versión ampliada añade un segundo miembro: y el deber de todas las personas de bien, que en francés circula como et le devoir de tous les gens de bien. El añadido cambia bastante el sentido general. Con él, la sentencia deja de ser una alabanza del rey para convertirse en una escala: lo que en el soberano es cortesía voluntaria, en el resto es obligación. Democratiza la exigencia y de paso la endurece, porque una cortesía se agradece y un deber se reclama.

Las variantes la exactitud es la cortesía de los reyes y la puntualidad es la educación de los reyes son traducciones alternativas de la misma fórmula francesa, y la primera está más cerca del original.

De dónde viene

La formulación es francesa y de ambiente cortesano: l’exactitude est la politesse des rois. Sobre eso hay acuerdo. Sobre quién la dijo, no. Y conviene explicar el desacuerdo con los papeles delante, porque los papeles existen y son dos.

La atribución dominante es a Luis XVIII, y no circula en el aire: viene con dos referencias nombradas y datadas. La primera son los Mémoires de Louis XVIII, recueillis et mis en ordre par M. le duc de D****, publicados en París por Mame-Delaunay y Thoisnier-Desplaces entre 1832 y 1833, en doce volúmenes, ocho años después de la muerte del rey. Allí el propio Luis XVIII se declara autor de la máxima, y lo hace contando la audiencia particular que concedió al conde Boissy d’Anglas: je le reçus dès qu’il arriva, car je n’ai jamais eu l’habitude de me faire attendre. Je crois avoir avancé une maxime qui restera, en disant que l’exactitude est la politesse des rois —lo recibí en cuanto llegó, porque nunca tuve por costumbre hacerme esperar; creo haber adelantado una máxima que quedará, al decir que la exactitud es la cortesía de los reyes—. La segunda referencia son los Souvenirs de J. Laffitte, racontés par lui-même et puisés aux sources les plus authentiques, publicados en París, Au Comptoir des Imprimeurs-Unis, en 1844, en tres volúmenes, donde la frase aparece como dicho del banquero atribuido al rey. De esta segunda deriva buena parte de la bibliografía posterior: es la vía por la que la cita pasó a los repertorios ingleses, y es la referencia que da todavía hoy la entrada «Louis XVIII» de las Oxford Essential Quotations, que remite al libro I, capítulo 3, y marca la frase expresamente como atribuida y no como documentada.

Hay dos documentos, entonces. Lo interesante del caso es que ninguno de los dos prueba nada, y el porqué merece contarse despacio.

Los Mémoires de 1832 no los escribió Luis XVIII. Son obra de Étienne-Léon de Lamothe-Langon, autor de una larga serie de memorias apócrifas que puso en boca de la condesa Du Barry, del duque de Richelieu, de Napoleón, de Cambacérès o de una anónima «femme de qualité» testigo de la corte del propio Luis XVIII. Y no es una sospecha de estilo: su Histoire de l’Inquisition en France, de 1829, decía apoyarse en procesos y archivos eclesiásticos inéditos, y en los años setenta del siglo XX Norman Cohn y Richard Kieckhefer revisaron ese material y concluyeron que la documentación invocada no aparece en los archivos y que el autor la había fabricado. Un texto donde un rey muerto se atribuye a sí mismo una frase célebre, escrito por quien fabricaba exactamente eso, es el género de documento que no puede sostener una atribución. Sirve, eso sí, para fechar: en 1832 la máxima ya estaba impresa y ya se asociaba al rey.

Los Souvenirs de 1844 fallan de otra manera, menos escandalosa y no menos decisiva. Se publicaron el mismo año en que Laffitte murió y tampoco salieron de su pluma: los catálogos bibliográficos dan como redactor a Charles Marchal (1822-1870), que habría compuesto el libro a partir de conversaciones y anécdotas del banquero. Hay además un dato que lo confirma sin necesidad de discutir el estilo: las memorias auténticas de Laffitte no se publicaron hasta 1932, editadas por Paul Duchon con el título Mémoires de Laffitte (1767-1844). El volumen de 1844 es, por tanto, testimonio tardío y de segunda mano: recuerdos de corte puestos por escrito por un tercero dos y tres décadas después de los hechos que evocan. Acredita que hacia 1844 la frase estaba firmemente pegada al nombre de Luis XVIII, que no es poco, pero no que el rey la pronunciara.

De modo que lo afirmable cambia de forma. No es que falte documentación; es que la documentación que hay, leída con cuidado, fecha la circulación de la máxima —impresa en 1832, bien asentada en 1844— y deja abierta su autoría. Los dos textos son posteriores a la muerte del rey en 1824, los dos lo hacen hablar por mano ajena cuando ya no puede desmentir nada, y ninguno remite a un papel firmado, a una carta ni a un testigo que estuviera delante.

De la travesía al español se sabe todavía menos, y conviene decirlo así. El francés dice exactitude, que en aquella lengua abarcaba con naturalidad la exactitud en la hora; el español tradujo primero por exactitud y acabó imponiendo puntualidad, que es la palabra que hoy usamos y la que hace la frase inmediatamente comprensible. La versión con exactitud sobrevive, pero suena a traducción antigua. Cuándo ocurrió ese relevo es otra cosa: no he localizado ninguna aparición fechada de la sentencia en castellano, ni en colecciones de máximas ni en manuales de urbanidad, que permita fijar una primera documentación. Suele darse por hecho que entró en el siglo XIX, y la conjetura es razonable, porque esos libros de enorme difusión escolar y doméstica eran el vehículo habitual de este tipo de frases y las repetían sin decir de dónde las sacaban. Pero eso es una conjetura sobre el mecanismo, no un dato sobre la fecha. Mientras no aparezca una edición concreta con año, la entrada en español queda sin establecer.

Hasta qué punto está probado

El origen está en disputa y las hipótesis se pueden ordenar por lo que resisten:

  • Luis XVIII la pronunció. Es la atribución dominante y la única que llega con referencias que se pueden ir a buscar: los Mémoires de Louis XVIII de 1832 y los Souvenirs de J. Laffitte de 1844. Por eso encabeza la lista, y por eso mismo se cae: el primero es obra de Lamothe-Langon, fabricante acreditado de memorias apócrifas, y el segundo ni lo escribió Laffitte ni se publicó en vida del rey. Tener dos documentos malos es mejor que no tener ninguno, porque permite ver dónde se rompe la cadena. No es haberlo probado.
  • La máxima se fija en la literatura memorialística de la Restauración y se le adjudica al rey después. Es la lectura que mejor se ajusta a lo que hay: las dos atestiguaciones nombradas que he podido localizar son posteriores a 1824, salen del mismo ambiente editorial —memorias y recuerdos de corte publicados entre 1830 y 1845, un género que vendía mucho y verificaba poco— y las dos están escritas por mano distinta de aquella a quien se atribuyen. Que ese ambiente puso la frase en circulación con el nombre del rey pegado es algo que los textos sostienen. Que además la inventara no lo demuestran, y no conviene pedirles más de lo que dicen.
  • Fórmula cortesana anónima anterior. La posibilidad menos vistosa, y es verosímil: una sentencia nacida en el trato de corte, puesta a circular sin firma y adjudicada después a un monarca concreto porque hablaba de monarcas. Pero verosímil no es documentado, y no he localizado ninguna aparición de la frase anterior a 1832 que la respalde. Colocarla por encima de la atribución a Luis XVIII sería invertir la carga de la prueba: dar por más probada la hipótesis que no tiene ningún texto localizado a su favor que la que tiene dos, aunque los dos sean malos.
  • Luis XIV. La más frágil de todas. No he localizado ninguna referencia, ni de época ni erudita, que ponga la frase en su boca; las apariciones que he podido ver son modernas y no citan de dónde salen, mientras que las dos atestiguaciones antiguas que sí se dejan localizar nombran a Luis XVIII y sitúan la escena en la Restauración. Tiene toda la pinta de un desplazamiento del nombre hacia el rey más célebre, un mecanismo habitual: las frases de reyes tienden a migrar hacia el rey que todo el mundo conoce.
  • La entrada en castellano durante el siglo XIX. Es lo que repite todo el mundo, esta ficha incluida hasta ahora, y no se apoya en nada comprobable: es una fecha deducida del mecanismo que se le supone —manuales de urbanidad, colecciones de máximas— y no de una edición localizada. La conjetura sigue siendo la mejor disponible, pero mientras no haya un libro con año es conjetura y así queda anotada.

Queda una advertencia sobre las fuentes. Esta ficha citaba como única fuente el Refranero multilingüe del Centro Virtual Cervantes, y conviene decir dos cosas en vez de dejarlo ahí haciendo bulto de autoridad. La primera es que no he conseguido localizar en ese repertorio una ficha para esta sentencia, lo que encaja con su criterio: recoge paremias populares, y esta no lo es. La segunda es que, aunque la hubiera, no respaldaría ninguna de las hipótesis anteriores: un repertorio paremiológico registra que una expresión circula y cómo se dice en otras lenguas, no de dónde viene ni quién la dijo, y fechar por él sería fechar al recopilador y no a la frase. Porque esto no es propiamente un refrán sino una cita culta de autor disputado: le falta la transmisión anónima y oral que define al refrán, y su sitio natural son las colecciones de máximas.

Lo que puede afirmarse sin riesgo, en suma, es poco pero no es nada: la frase es francesa, pertenece al mundo de la corte, está impresa desde 1832 y para 1844 circulaba ya firmemente asociada a Luis XVIII. Todo lo demás es atribución sin prueba, y este es un caso de manual: cuanto más regia suena una sentencia, más probable es que se le haya buscado un rey.

Cómo se usa hoy

Es una cita, no un refrán, y se comporta como tal. Aparece en discursos, en aperturas de actos, en circulares de empresa, en reglamentos de colegios y en los correos de quien está harto de que las reuniones empiecen tarde. Quien la usa suele estar invocando una autoridad exterior para no tener que reñir en primera persona.

El registro es culto y tiene un punto de solemnidad que se puede volver en contra. Dicha en serio entre amigos suena pomposa; dicha por un jefe, a reprimenda con corbata. Por eso su empleo más frecuente hoy es el irónico: se suelta cuando alguien acaba de entrar con veinte minutos de retraso, y todos entienden que es un tirón de orejas envuelto en papel de regalo.

También funciona a la inversa, como elogio, cuando se reconoce a alguien que nunca falla con la hora. Ahí recupera su sentido original y deja de picar.

Hay un contraste que la sentencia no resuelve y que se nota a diario: en muchos ambientes profesionales hacer esperar sigue siendo un marcador de posición, y quien llega tarde a su propia reunión está diciendo algo sobre el lugar que ocupa. La frase se cita justamente contra esa costumbre, y de ahí le viene el filo. De esa tensión ha salido también la réplica humorística inevitable, la del que contesta que él no es rey y se declara dispensado; el chiste funciona porque la versión larga de la máxima ya lo tenía previsto al extender la obligación a todas las personas de bien.

Se entiende en todo el ámbito hispanohablante sin ninguna dificultad, porque no depende de ninguna imagen local. Se cita a menudo en las discusiones sobre las diferencias de puntualidad entre países, un terreno en el que circulan más tópicos que datos y donde conviene no tomar la frase como descripción de nada: es una máxima de conducta, no una estadística.

Expresiones parecidas

El tiempo es oro defiende lo mismo desde la contabilidad y no desde la cortesía: allí la espera es un desperdicio, aquí es una falta de respeto. Como un reloj describe al puntual sin valorarlo moralmente. Puntualidad británica traslada la virtud de la corte al estereotipo nacional. A buenas horas, mangas verdes se ocupa del otro extremo, el de la ayuda que llega cuando ya no hace falta, y es refrán castizo puro frente a esta sentencia importada. Y más vale llegar a tiempo que rondar un año comparte la palabra tiempo pero no el asunto: no habla de respeto al prójimo sino de acertar con la ocasión, que es otra cosa.

⏳ Cronología y Registro Histórico

La pronunció Luis XVIII de Francia, en la forma «l'exactitude est la politesse des rois»
Origen disputado
Es la atribución dominante y la única con referencias que se pueden ir a buscar, y por eso encabeza la lista. Son dos. Los «Mémoires de Louis XVIII, recueillis et mis en ordre par M. le duc de D****» (París, Mame-Delaunay y Thoisnier-Desplaces, 1832-1833, 12 vols.), donde el propio rey se declara autor al relatar la audiencia concedida al conde Boissy d'Anglas: «je le reçus dès qu'il arriva, car je n'ai jamais eu l'habitude de me faire attendre. Je crois avoir avancé une maxime qui restera, en disant que l'exactitude est la politesse des rois». Y los «Souvenirs de J. Laffitte, racontés par lui-même et puisés aux sources les plus authentiques» (París, Au Comptoir des Imprimeurs-Unis, 1844, 3 vols.), de donde deriva buena parte de la bibliografía posterior: es la referencia que da la entrada «Louis XVIII» de las Oxford Essential Quotations, que remite al libro I, capítulo 3, y marca la frase como atribuida. Las dos fallan, y por la misma razón de fondo: ninguna la escribió quien figura en la portada. Los «Mémoires» son obra de Étienne-Léon de Lamothe-Langon, autor de una serie de memorias apócrifas puestas en boca de la Du Barry, Richelieu, Napoleón, Cambacérès o una «femme de qualité» de la corte de Luis XVIII, y cuya «Histoire de l'Inquisition en France» (1829) invocaba una documentación de archivo que Norman Cohn y Richard Kieckhefer, al revisarla en los años setenta del siglo XX, concluyeron fabricada. Los «Souvenirs» de 1844 tampoco salieron de la pluma de Laffitte: los catálogos bibliográficos dan como redactor a Charles Marchal (1822-1870), y las memorias auténticas del banquero no se publicaron hasta 1932, editadas por Paul Duchon. Ambos textos son posteriores a la muerte del rey en 1824. Fechan la circulación de la máxima; no acreditan su autoría.
La máxima se fija en la literatura memorialística de la Restauración y se le adjudica al rey después
Origen probable
Es la lectura que mejor se ajusta a lo que hay sobre la mesa. Las dos atestiguaciones nombradas que he podido localizar son posteriores a 1824, salen del mismo ambiente editorial —memorias y recuerdos de corte publicados entre 1830 y 1845, un género de gran venta y escasa verificación— y ninguna de las dos está escrita por la persona a quien la portada se la atribuye. Que ese ambiente puso la frase en circulación con el nombre de Luis XVIII pegado es algo que los textos sí sostienen: en 1832 está impresa y en 1844 ya está firmemente asociada al rey. Que además la inventara allí no lo demuestran, y no conviene pedirles más de lo que dicen.
Fórmula cortesana anónima anterior, adjudicada después a un monarca concreto
Origen desconocido
Es verosímil: una sentencia nacida en el trato de corte, puesta a circular sin firma y atribuida más tarde a un rey porque hablaba de reyes. Pero verosímil no es documentado, y no he localizado ninguna aparición de la frase anterior a 1832 que la respalde. Esta ficha la daba antes por «probable», por encima de la atribución a Luis XVIII, y eso era invertir la carga de la prueba: dar por más establecida la hipótesis sin un solo texto localizado que la sostenga que la que tiene dos, aunque los dos sean malos. Queda como posibilidad abierta y sin apoyo documental conocido.
La pronunció Luis XIV
Origen desconocido
La más frágil de las atribuciones. No he localizado ninguna referencia, ni de época ni erudita, que ponga la frase en boca de Luis XIV; las apariciones que he podido ver son modernas y no dicen de dónde la toman, mientras que las dos atestiguaciones antiguas que sí se dejan localizar —1832 y 1844— nombran a Luis XVIII y sitúan la escena en la Restauración. Tiene el perfil clásico del desplazamiento de nombre hacia el rey más célebre, un mecanismo frecuente en las citas regias. Se mantiene aquí porque es la versión que mucha gente ha oído, pero sin nada que la apoye.
La sentencia entra en castellano durante el siglo XIX por manuales de urbanidad y colecciones de máximas
Origen desconocido
Es lo que se repite habitualmente, y esta ficha lo afirmaba como hecho. No lo es: no he localizado ninguna aparición fechada de la sentencia en castellano, ni en colecciones de máximas ni en manuales de urbanidad, que permita fijar una primera documentación. La fecha estaba deducida del mecanismo que se le supone —esos libros, de enorme difusión escolar y doméstica, eran el vehículo habitual de este tipo de frases y las repetían sin decir de dónde salían—, y una conjetura sobre el mecanismo no fecha la locución. El relevo de «exactitud» por «puntualidad» en la traducción está a la vista en las variantes, pero cuándo se produjo tampoco está establecido. Mientras no aparezca una edición concreta con año, la entrada en español queda sin datar.

Dónde se dice y con qué sentido

La expresión se usa con el mismo sentido en todos estos países. Cuando hemos encontrado algún matiz propio, queda anotado.

Argentina

Mismo sentido que el general

Chile

Mismo sentido que el general

Colombia

Mismo sentido que el general

España

La puntualidad es una forma de respeto

Se cita en contextos formales y en discursos

«Empezamos a la hora: la puntualidad es la cortesía de los reyes.»

México

Mismo sentido que el general

Perú

Mismo sentido que el general

Venezuela

Mismo sentido que el general

Ejemplos de uso

  • «Llega cinco minutos antes a todas las entrevistas porque su padre le repetía que la puntualidad es la cortesía de los reyes.»
  • «Mi suegro nos espera en la puerta con el abrigo puesto: la puntualidad es la cortesía de los reyes, y no admite discusión.»
  • «El acto empezó con veinte minutos de retraso y el presentador se disculpó recordando que la puntualidad es la cortesía de los reyes.»

Así suena en una conversación

Cómo se dice en otros idiomas

FR

L exactitude est la politesse des rois

Literalmente: la exactitud es la cortesía de los reyes

EN

Punctuality is the politeness of kings

Literalmente: la puntualidad es la cortesía de los reyes

Preguntas frecuentes

¿Qué significa «la puntualidad es la cortesía de los reyes»?

Que llegar a la hora es una forma de respeto hacia el otro, y que ni siquiera quien tiene poder debería permitirse hacer esperar a nadie. Hacer esperar es un privilegio del que hay que abstenerse.

¿Quién dijo «la puntualidad es la cortesía de los reyes»?

No está probado. La atribución dominante es a Luis XVIII, y se apoya en dos textos concretos: los Mémoires de Louis XVIII publicados en 1832-1833, que en realidad escribió Étienne-Léon de Lamothe-Langon, fabricante de memorias apócrifas, y los Souvenirs de J. Laffitte de 1844, que tampoco redactó el banquero y que recogen recuerdos de oídas. Los dos son posteriores a la muerte del rey en 1824, así que fechan la circulación de la frase pero no acreditan quién la dijo. También se atribuye a Luis XIV, sin ninguna referencia localizada. Lo seguro es que la formulación es francesa y de ambiente cortesano.

¿Cuál es la versión completa de la frase?

La más citada añade un segundo miembro: la puntualidad es la cortesía de los reyes y el deber de todas las personas de bien. Con él, lo que en el rey es cortesía en los demás pasa a ser obligación.

¿Por qué se dice «cortesía» y no «amabilidad»?

Porque cortesía viene de corte y designaba el código de conducta propio de quien vivía en ella. La frase no dice que el rey sea amable llegando a la hora: dice que la puntualidad forma parte de lo que define a un rey.

Fuentes y referencias

  1. Étienne-Léon de Lamothe-Langon, Mémoires de Louis XVIII, recueillis et mis en ordre par M. le duc de D****, París, Mame-Delaunay y Thoisnier-Desplaces, 1832-1833, 12 vols
  2. Étienne-Léon de Lamothe-Langon, Histoire de l'Inquisition en France, París, 1829; obra cuya documentación de archivo revisaron Norman Cohn y Richard Kieckhefer en los años setenta del siglo XX y concluyeron fabricada
  3. Souvenirs de J. Laffitte, racontés par lui-même et puisés aux sources les plus authentiques (París, Au Comptoir des Imprimeurs-Unis, 1844, 3 vols.); los catálogos bibliográficos dan como redactor a Charles Marchal (1822-1870)
  4. Laffitte, Jacques, Mémoires de Laffitte (1767-1844), ed. de Paul Duchon (París, Firmin-Didot, 1932); memorias auténticas del banquero, muy posteriores al volumen de 1844
  5. Oxford Essential Quotations (Oxford Reference), entrada «Louis XVIII», donde la frase figura marcada como atribuida, con remisión a Souvenirs de J. Lafitte (1844), lib. I, cap. 3
  6. Real Academia Española, Diccionario de la lengua española, s. v. «cortesía» y «cortés»
  7. Trésor de la langue française informatisé (CNRTL), s. v. «politesse»
  8. Centro Virtual Cervantes (Instituto Cervantes), Refranero multilingüe; repertorio consultado, en el que no se ha localizado ficha para esta sentencia
  9. Souvenirs de J. Laffitte, racontés par lui-même et puisés aux sources les plus authentiques (París, Au Comptoir des Imprimeurs-Unis, 1844, 3 vols.)
  10. Oxford Essential Quotations (Oxford Reference), entrada «Louis XVIII», que remite a Souvenirs de J. Lafitte (1844), lib. I, cap. 3, y marca la frase como atribuida
  11. Laffitte, Jacques, Mémoires de Laffitte (1767-1844), ed. de Paul Duchon (París, Firmin-Didot, 1932)

Qué sostiene esta ficha

  • Certeza declarada: hay más de una versión y no se puede elegir entre ellas.
  • Fuentes citadas: 8 obras.
  • Testimonio escrito citado: no se aporta una referencia específica en este campo.
  • Estado editorial: cotejado contra fuentes primarias y corpus histórico.

Así trabajamos. ¿Usas esta expresión de otra forma en tu región, o conoces una variante local que no aparece aquí? Cuéntanosla y la añadimos citándote.

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