Saltar al contenido
Dichosymás

Costar un ojo de la cara

Resultar carísimo, con un precio tan alto que pagarlo supone un sacrificio comparable a perder algo insustituible del propio cuerpo.

Origen disputado

Conviven varias hipótesis sin consenso entre especialistas.

Que algo cueste un ojo de la cara quiere decir que es carísimo, tanto que pagarlo duele como perder una parte del cuerpo que no se recupera. Es una hipérbole y así la entiende todo el mundo. Lo que no todo el mundo sabe es que la historia que le han puesto detrás no se sostiene.

Qué significa exactamente

La expresión no da una cifra, da una sensación. Y esa es su gracia: funciona igual para un estudiante que habla de un libro de texto y para una empresa que habla de una máquina, porque lo que mide no es el precio absoluto sino el esfuerzo que supone pagarlo. Un ojo de la cara es siempre relativo al bolsillo de quien habla.

La fuerza viene de la parte del cuerpo elegida. Se puede perder pelo, un diente, unos kilos, y hasta hay quien lo celebra. Un ojo no. Es un órgano insustituible, cuya pérdida nadie discute ni relativiza, y por eso sirve de patrón para lo que resulta insoportablemente caro. Si la expresión dijera un dedo del pie, no funcionaría.

Hay un detalle que merece atención porque parece un descuido y es todo lo contrario: la especificación de la cara es redundante. Los ojos están siempre en la cara, no hay otros. Esa redundancia no informa de nada, sirve para retardar la frase y para obligar al oyente a visualizarla. Las hipérboles funcionan así, alargándose donde deberían acortarse. Sin el añadido, costar un ojo sería más económico y bastante menos eficaz.

En cuanto al contexto, casi siempre se dice de algo que uno ha pagado o que ha renunciado a pagar. Es una queja concreta, no una observación general sobre el mercado. Se dice de la reforma del baño, del dentista, de la matrícula, del billete comprado con dos días de antelación.

Y conviene fijar un límite que se pasa por alto: la expresión no acusa a nadie. Costar un ojo de la cara es constatar que algo es caro, no que sea un abuso. Cuando se quiere denunciar el precio abusivo, el castellano tiene otras piezas: una clavada, un sablazo, un robo. Todas ellas suponen que alguien se está aprovechando. La del ojo, no.

De dónde viene

Aquí hay dos versiones en circulación, y conviene contarlas las dos porque una de ellas se ha impuesto sin merecerlo.

La primera es una anécdota, y de las buenas. Cuentan que Diego de Almagro, uno de los conquistadores del Perú, perdió un ojo en un combate durante sus campañas en las Indias, y que al informar de la empresa dijo que aquello le había costado un ojo de la cara. La historia tiene todos los ingredientes que hacen memorable una explicación: un personaje conocido, una desgracia física verificable y un juego de palabras. Circula en libros de dichos, en artículos de divulgación y en cientos de páginas de internet.

La segunda es mucho más sobria y consiste, básicamente, en no explicar nada. La frase sería una hipérbole espontánea, del tipo que cualquier lengua fabrica sin necesidad de que a nadie se le ocurra primero. Pagar con partes del cuerpo es un recurso productivo y universal: en castellano se da un brazo por algo, se dice que uno vendería un riñón, y en registro más grosero existen otras variantes de la misma idea.

Lo que decanta la balanza es mirar fuera. El francés tiene coûter les yeux de la tête, costar los ojos de la cabeza, que es prácticamente la misma expresión, con la misma redundancia anatómica y el mismo sentido. El inglés dice to cost an arm and a leg, cambiando de miembro pero no de mecanismo. Ninguna de las dos lenguas tuvo un Almagro. Si la frase hubiera nacido de un conquistador español del siglo XVI, habría que explicar cómo llegó a París con la misma forma, y no hay manera de explicarlo.

Queda la posibilidad, siempre abierta, de que Almagro dijera algo parecido. Un hombre tuerto que habla de lo que le ha costado una empresa tiene el chiste servido, y no haría falta que fuera original para que lo dijera. Pero eso es muy distinto de que la frase naciera ahí, y es justamente la confusión que la anécdota provoca.

Hasta qué punto está probado

De la atribución a Almagro no hay ninguna prueba. La pérdida del ojo se le viene atribuyendo desde antiguo, pero la frase no aparece en las crónicas de la conquista ni en ninguna fuente coetánea que se haya citado. Nadie que repita la historia da la referencia, y quien la busca no la encuentra.

La segunda explicación tampoco se puede probar, y conviene decirlo con claridad para no hacer trampa. No hay manera de demostrar que una expresión surgió sola: lo negativo no se demuestra. Lo que sí ocurre es que no necesita demostración. Una metáfora que varias lenguas producen por su cuenta, con el mismo material y el mismo resultado, no exige ninguna explicación particular. La carga de la prueba recae sobre quien afirma un origen concreto, y esa prueba no se ha aportado.

Por eso esta ficha declara el ámbito y la época como desconocidos, en lugar de rellenarlos con la anécdota. Es la etiqueta honesta.

Hay además un patrón que conviene conocer porque se repite sin descanso en la historia de los dichos: los personajes memorables atraen atribuciones. A un conquistador tuerto, a un rey célebre o a un santo popular se les cuelgan frases que ya circulaban, y la operación es tan cómoda que nadie la revisa. El resultado es una explicación redonda, con nombre y fecha, que sustituye a la verdad menos vistosa de que aquello lo decía todo el mundo.

La conclusión, por tanto: origen disputado sobre el papel, pero las dos versiones no están al mismo nivel. Una tiene un relato y ningún documento; la otra tiene paralelos en varias lenguas y no necesita relato.

Cómo se usa hoy

Es de uso general en todo el mundo hispanohablante, con el mismo valor en España y en América. No hay diferencias de sentido que merezcan señalarse, y es de las expresiones que cualquier hablante entiende a la primera.

El registro es coloquial y no tiene absolutamente nada de ofensivo. Se emplea en conversación, en prensa y en publicidad, y no desentona ni siquiera en un texto bastante formal cuando se busca un tono cercano.

Las construcciones más frecuentes son tres. El pasado quejoso, me costó un ojo de la cara, que es la reina. La advertencia, eso te va a costar un ojo de la cara, con la que se avisa a alguien antes de que se meta en un gasto. Y la valorativa con el verbo valer, vale un ojo de la cara, que describe el precio sin que nadie lo haya pagado todavía.

También circula la forma abreviada costar un ojo, sin la coletilla, sobre todo en la conversación rápida. Es perfectamente correcta, aunque pierde parte del efecto por la razón que se explicaba más arriba.

La metáfora está tan lexicalizada que nadie visualiza nada. Quien dice que el dentista le costó un ojo de la cara no está pensando en ningún ojo, del mismo modo que quien está en Babia no piensa en la comarca leonesa. Ese vaciado es el destino normal de las hipérboles que se usan mucho, y es también la razón de que la expresión no resulte desagradable.

Sobre la forma, el castellano lo dice en singular: un ojo. El plural, los ojos de la cara, es un calco del francés y suena forzado, aunque se oye de vez en cuando. Y se escribe en minúscula, sin comillas, con el artículo indeterminado siempre delante.

Expresiones parecidas

La familia inmediata es la del pago con partes del cuerpo. Costar un riñón es la variante más usada y funciona exactamente igual, quizá con un punto menos de dramatismo. Costar un huevo pertenece al registro vulgar y no encaja en un texto cuidado, aunque en España sea frecuentísima. Y dar un brazo por algo invierte la perspectiva: en lugar de quejarse del precio, expresa cuánto se desea una cosa.

En el eje puramente económico están costar una fortuna, costar un dineral, estar por las nubes y a precio de oro, todas más neutras y menos gráficas. Salir por un pico es la versión española más coloquial y menos aparatosa.

Un caso aparte y muy español es valer un Potosí, que remite al cerro de plata del actual territorio boliviano cuyas minas surtieron durante siglos a la monarquía hispánica. A diferencia de la del ojo, esta sí tiene una referencia histórica identificable, y la comparación entre ambas es instructiva: cuando el origen es real, se puede señalar el sitio en un mapa.

En el lado contrario están ser un chollo, estar tirado de precio y de saldo, que describen la ganga. Y para la acusación de abuso, ya se han citado una clavada, un sablazo y el rotundo es un robo, que dice lo que la del ojo se calla.

Fuera del castellano, además de las ya mencionadas, el italiano recurre a costare un occhio della testa, un ojo de la cabeza, que se parece muchísimo a la nuestra. Tres lenguas románicas y tres versiones del mismo gesto: cuando una imagen aparece por todas partes, lo raro sería que tuviera un solo autor.

Dónde se dice y con qué sentido

La expresión se usa con el mismo sentido en todos estos países. Cuando hemos encontrado algún matiz propio, queda anotado.

Argentina

Resultar carísimo, con un precio tan alto que pagarlo supone un sacrificio comparable a perder algo insustituible del propio cuerpo.

Chile

Resultar carísimo, con un precio tan alto que pagarlo supone un sacrificio comparable a perder algo insustituible del propio cuerpo.

Colombia

Resultar carísimo, con un precio tan alto que pagarlo supone un sacrificio comparable a perder algo insustituible del propio cuerpo.

España

Ser muy caro

Hipérbole de uso constante en la conversación

«La reforma del baño costó un ojo de la cara.»

México

Resultar carísimo, con un precio tan alto que pagarlo supone un sacrificio comparable a perder algo insustituible del propio cuerpo.

Perú

Resultar carísimo, con un precio tan alto que pagarlo supone un sacrificio comparable a perder algo insustituible del propio cuerpo.

Uruguay

Resultar carísimo, con un precio tan alto que pagarlo supone un sacrificio comparable a perder algo insustituible del propio cuerpo.

Venezuela

Resultar carísimo, con un precio tan alto que pagarlo supone un sacrificio comparable a perder algo insustituible del propio cuerpo.

Cómo se dice en otros idiomas

EN

to cost an arm and a leg

Literalmente: costar un brazo y una pierna

Preguntas frecuentes

¿Qué significa «costar un ojo de la cara»?

Que algo es carísimo, tanto que pagarlo duele como perder una parte del cuerpo que no se recupera. Es una hipérbole y no acusa a nadie: se queja del precio, no del vendedor. Para eso último el castellano tiene otras fórmulas, como una clavada o un sablazo.

¿De dónde viene «costar un ojo de la cara»?

Está en discusión. Circula muy difundida la anécdota de Diego de Almagro, que habría dicho que la conquista le costó un ojo de la cara tras perderlo en combate, pero la frase no aparece en ninguna fuente coetánea. La explicación más sobria es que se trata de una hipérbole que no necesita autor.

¿Es verdad que la frase la dijo Diego de Almagro?

No hay ninguna prueba. La pérdida del ojo se le atribuye desde antiguo, pero la frase no está documentada en las crónicas de la época. Responde al patrón habitual de atribuir a un personaje memorable un dicho que ya circulaba, y en francés existe una expresión casi idéntica sin ningún Almagro detrás.

¿Se dice «un ojo de la cara» o «los ojos de la cara»?

En castellano, en singular: un ojo de la cara. El plural es un calco del francés, que dice coûter les yeux de la tête, costar los ojos de la cabeza. También es correcta la variante con valer, valer un ojo de la cara, y la forma abreviada costar un ojo.

Fuentes consultadas

  1. Iribarren, El porqué de los dichos
  2. DLE, Diccionario de la lengua española (RAE-ASALE)

Por qué puedes fiarte de esta ficha

Cada explicación lleva declarado su nivel de certeza. Cuando el origen está documentado, se cita la fuente; cuando solo hay hipótesis, se dice; y cuando la historia que circula por internet es falsa, se desmonta. Así trabajamos. ¿Ves algo que no encaja? Cuéntanoslo.

Expresiones emparentadas