A las mil y quinientas
- Origen histórico: Las mismas palabras nombran el recurso de las mil y quinientas, la última apelación de la justicia castellana, que exigía depositar mil quinientas doblas: está recogido en el Tesoro de Covarrubias (1611)…
- Variantes frecuentes: Llegar a las mil y quinientas
- En otros idiomas: «at some ungodly hour» (EN)
A una hora desmesuradamente tardía, dicho de quien llega mucho después de lo previsto o se acuesta de madrugada.
Llegar a las mil y quinientas es llegar tardísimo: a una hora en la que ya no se esperaba a nadie, cuando los demás llevan dos horas cenados o cuando empieza a clarear. Se dice del que aparece de madrugada, del que se levanta a mediodía porque se acostó a esa hora y del paquete que tenía que estar aquí el martes. El número no mide nada: está para exagerar.
Qué significa exactamente
Es una hipérbole de hora, de número redondo y absurdo. No señala un momento concreto, sino el fastidio del que ha estado esperando, y por eso se construye casi siempre con un verbo de llegada.
El diccionario académico de 1899 ya la define en una línea: «· Á las mil y quinientas, expr. fig. y fam. con que se denota una hora demasiado tardía.» El punto volado es la marca con que ese diccionario separa subentradas; «fig. y fam.» es figurada y familiar.
Otra expresión se le parece tanto que se confunde con ella a diario: las mil y quinientas, sin la a delante, eran las lentejas, por lo muchas que caben en un plato, y el diccionario de 1899 trae esa subentrada justo encima de la nuestra: «· Las mil y quinientas, fig. y fam. Las lentejas, por la multitud de ellas que entran en una escudilla de potaje.»
De dónde viene
Aquí hay dos historias, y solo una tiene papeles.
La del pleito está fechada. Apelar con las mil y quinientas era pedir que un juicio se viera otra vez, en la última instancia que quedaba, y había que depositar mil quinientas doblas de oro. La fórmula ya está recogida en el Tesoro de la lengua castellana de Covarrubias, de 1611, en el artículo de la dobla, que era esa moneda. Quevedo la usa en Los Sueños, y no hablando de tribunales: en la Visita de los chistes, Mateo Pico pide que le enmienden el refrán que lleva su nombre y protesta: «Aquí estoy, y digo más, y avisad desto a los habladores de allá; que yo apelo deste refrán con las mil y quinientas[429].» El corchete es la llamada de nota de su editor.
Quien lo cuenta entero es el diccionario académico de 1869, en el artículo MIL: «El de segunda suplicacion que se daba antiguamente bajo fianza de mil quinientas doblas, el cual habia de ventilarse en una sala del Consejo supremo que por ello se denominaba tambien de miL Y QUINIENTAS.» En el artículo de la dobla cuenta que de la moneda ya solo quedaba el nombre: en 1869 se depositaban cinco mil quinientos reales.
La historia de la hora no está fechada. El primero que la trae, de los libros que hemos podido abrir, es ese mismo diccionario, pero el de 1899, treinta años más tarde, y la trae ya hecha. Un diccionario fecha a quien lo escribe, no a la frase: lo que prueba es que en 1899 la expresión corría, no que naciera entonces. En los ejemplares de 1831 y de 1869, donde sí están las lentejas y sí está el pleito, la hora no asoma.
Y la propia Academia tiene las dos cosas en sitios distintos sin juntarlas nunca: la hora en el artículo MIL y el recurso aparte, en el de RECURSO, que en 1899 se despacha en una línea: «II de segunda suplicación. For. Recurso de mil y quinientas.»
Y el repertorio que mejor describe el sentido de la hora la mete en otra familia. En 1900, Ramón Caballero y Rubio publicó un Diccionario de modismos donde nuestra expresión tiene lema propio y no explica nada: remite a otro lema. El escáner deja la remisión así, «A las mil y quinientas. Y. A las mil y qtwiice.», donde se lee «V. A las mil y quince». Y en ese lema, donde está la explicación del grupo entero, Caballero y Rubio escribe: «A las mil y quince. Hora indeterminada, pero que supone que á quien la dice se le ha hecho tan largo el tiempo que no puede ser más.» Para él esto no era un pleito: era un número grande dicho para protestar de la espera.
El paso de un sentido al otro es fácil de imaginar: el pleito era el último, el que se pedía cuando ya no quedaba nada, y de lo último a lo tardío hay poco camino. Es la explicación que corre por ahí. Pero nadie la firma. El diccionario académico de 1869 y la nota de su editor a Los Sueños describen el recurso como el último y el más caro, y ninguno habla de que tardase. Buitrago, hoy, la agrupa con a las mil y una y a las mil y monas, que no tienen nada de judicial: «A las tantas (A las mil y quinientas/y una/y monas) [llegar] Muy tarde o fuera de horario.» Que dos frases usen las mismas palabras no prueba que una venga de la otra.
Hasta qué punto está probado
El sentido de hora está registrado desde 1899, y eso acota pero no fecha. El origen se queda en probable: las palabras coinciden con las del pleito y la idea de lo último encaja bien, pero ningún papel ata las dos cosas.
El nombre que más se repite al hablar de esta expresión es el de Quevedo, y lo que hay en Quevedo no es la hora. En el ejemplar que manejamos, la edición de Julio Cejador y Frauca de 1916-1917, la fórmula sale seis veces. Dos son de Quevedo y las dos son judiciales: la de Mateo Pico y otra de La hora de todos, que va en el tomo II de esa misma edición de Los Sueños, donde la plegaria del que pide limosna se llama igual que el recurso: «remataban con la plegaria, que es las mil y quinientas[353] de la bribia[354]».
Las otras cuatro no son de Quevedo: son del editor, y están en las notas con que acompañó Los Sueños en 1917. Una explica qué era aquel trámite: «Eran las mil y quinientas doblas que depositaban para recurrir en última apelación judicial en una de las salas del Consejo de Castilla.» Otra lo glosa, en el tomo segundo, como el último recurso. Y las otras dos son citas que Cejador trae de Pedro de Vega y de un H. Santiago para apoyar su nota a Los Sueños: «Los que apelan con las mil y quinientas aventuran tanta moneda como depositan, por ver su pleito en mejores manos». Eso lo escribió Pedro de Vega, lo copió Cejador y no lo firmó Quevedo.
En los refraneros no está —ni en los Refranes que dizen las viejas tras el fuego, ni en Hernán Núñez, ni en el Vocabulario de Correas que manejamos, ni en Rodríguez Marín—, y Sbarbi, en 1922, todavía trae en su artículo MIL solo las lentejas. Eso dice menos de lo que parece: no es un refrán, es una manera de decir la hora, y de esas se ocupan los diccionarios de modismos.
Para cerrarlo haría falta un uso de verdad y no un diccionario: una frase de periódico, de sainete o de novela del XIX en la que alguien llegue a las mil y quinientas hablando del reloj. Y faltan las ediciones académicas entre 1869 y 1899, que no hemos podido ver. Hasta entonces, la fecha de nacimiento sigue en blanco.
Cómo se usa hoy
Es coloquial, de casa y de conversación, y suele llevar un reproche cariñoso: quien cuenta que su hijo llegó a las mil y quinientas no está dando una hora, está diciendo que se quedó esperando levantado. Pega con llegar y con los de su cuerda —venir, volver, aparecer, acostarse— y vale igual para personas que para cosas: un pedido, un correo, el camarero. Buitrago la define por el efecto y no por el reloj: muy tarde o fuera de horario.
No sirve para todo. Cinco minutos tarde no son las mil y quinientas, y en la queja formal chirría: un correo a un proveedor no dice que el pedido llegó a las mil y quinientas, dice que llegó con dos semanas de retraso.
Fuera de España no tenemos noticia de que corra: las obras que la recogen son españolas y aquí se cataloga como uso de España. Y la preposición no es un adorno: sin ella, las mil y quinientas son las lentejas.
Expresiones parecidas
La vecina más cercana es a las tantas, que dice lo mismo con menos aparato y es hoy la que más se oye; a las mil y quinientas suena más teatral. Con ella van a las mil y una y a las mil y monas, que Buitrago pone en la misma línea, y la serie que Caballero y Rubio recogía en 1900: a las mil y quince, a las mil y gallo, a las mil y tantas, a las todas. De casi todas no queda nada, y así funciona el grupo: se cambia el número y la frase sigue diciendo lo mismo.
Con a buenas horas mangas verdes se confunde a veces: ahí lo que llega tarde es la ayuda y ya no sirve de nada, mientras que a las mil y quinientas solo marca la hora y el reproche lo pone el tono. Dar las uvas se parece en la impaciencia, pero se dice antes, esperando, y no después. Y andar a la cuarta pregunta, aunque suene a la misma familia de números, es andar sin dinero, no sin hora.
⏳ Cronología y Registro Histórico
«· Á las mil y quinientas, expr. fig. y fam. con que se denota una hora demasiado tardía.»
Dónde se dice y con qué sentido
La expresión se usa con el mismo sentido en todos estos países. Cuando hemos encontrado algún matiz propio, queda anotado.
España
Muy tarde
Se dice sobre todo de la hora de llegada o de acostarse
«Volvió a casa a las mil y quinientas.»
Ejemplos de uso
- «Quedamos a las nueve y apareció a las mil y quinientas, sin una palabra de disculpa.»
- «El informe llegó a las mil y quinientas, cuando la reunión ya se había celebrado.»
- «Se acuesta a las mil y quinientas y luego no hay quien lo levante para el instituto.»
Así suena en una conversación
Al llegar de madrugada
—Son las dos.
—Siempre llegas a las mil y quinientas.
Esperando un paquete
—Dijeron que entre nueve y once.
—Llegará a las mil y quinientas.
Cómo se dice en otros idiomas
EN
at some ungodly hour
Literalmente: a una hora impía
Preguntas frecuentes
¿Qué significa llegar a las mil y quinientas?
Significa llegar a una hora desmesuradamente tardía, mucho después de lo previsto o esperado. No señala ninguna hora concreta: el número está ahí para exagerar.
¿De dónde viene a las mil y quinientas?
No se sabe. La explicación más repetida la liga al recurso judicial de las mil y quinientas, la última apelación de la justicia castellana, pero ninguna de las obras consultadas documenta ese paso. El sentido de hora tardía solo está registrado desde 1899.
¿Es verdad que viene del pleito de las mil y quinientas?
Es posible y encaja, pero no está probado. Las palabras son las mismas que las del recurso judicial, y aun así la Academia tenía en 1899 la hora y el recurso en entradas separadas, sin relacionarlos. Nadie documenta el salto.
¿Aparece en Quevedo?
Sí, pero con otro sentido. En Los Sueños, Quevedo apela con las mil y quinientas, que es el recurso judicial, no la hora. De los seis pasajes de esa edición, cuatro son notas de su editor, Julio Cejador, escritas en 1917.
Fuentes consultadas
- Iribarren, José María, El porqué de los dichos, consultado, sin ninguna coincidencia de mil y quinientas en el ejemplar que manejamos, de modo que no sostiene nada de esta ficha
- Buitrago, Alberto, Diccionario de dichos y frases hechas, s. v. A las tantas, donde nuestra locución figura entre las variantes, «A las tantas (A las mil y quinientas/y una/y monas) [llegar] Muy tarde o fuera de horario.»
- Real Academia Española, Diccionario de la lengua castellana (1899), s. v. MIL, segunda subentrada, «· Á las mil y quinientas, expr. fig. y fam. con que se denota una hora demasiado tardía.»
- Real Academia Española, Diccionario de la lengua castellana (1899), s. v. MIL, primera subentrada, que es otra locución (las lentejas), «· Las mil y quinientas, fig. y fam. Las lentejas, por la multitud de ellas que entran en una escudilla de potaje.»
- Real Academia Española, Diccionario de la lengua castellana (1899), s. v. RECURSO, «II de segunda suplicación. For. Recurso de mil y quinientas.»
- Real Academia Española, Diccionario de la lengua castellana (1869), s. v. MIL, subentrada del recurso judicial, «El de segunda suplicacion que se daba antiguamente bajo fianza de mil quinientas doblas, el cual habia de ventilarse en una sala del Consejo supremo que por ello se denominaba tambien de miL Y QUINIENTAS.»
- Real Academia Española, Diccionario de la lengua castellana (1869), s. v. DOBLA, final del artículo, «Á los nuestros ha llegado nominalmente en las mil y quinientas (5,500 reales) que se depositaban, y se depositan en el dia, para la sustanciacion del recurso de injusticia notoria.»
- Real Academia Española, Diccionario de la lengua castellana (1831), s. v. mil y quinientas y s. v. chancillería
- Caballero y Rubio, Ramón, Diccionario de modismos (frases y metáforas) (1900), s. v. A las mil y quince, lema al que remite nuestra locución, «A las mil y quince. Hora indeterminada, pero que supone que á quien la dice se le ha hecho tan largo el tiempo que no puede ser más.» — locucion distinta, de la misma familia de hiperboles de hora
- Caballero y Rubio, Ramón, Diccionario de modismos (frases y metáforas) (1900), s. v. A las mil y quinientas, con la remisión rota por el escáner, «A las mil y quinientas. Y. A las mil y qtwiice.»
- Sbarbi y Osuna, José María, Diccionario de refranes, adagios, proverbios, modismos, locuciones y frases proverbiales de la lengua española (1922), tomo II, s. v. MIL, «— Las mil y quinientas. Alude a las lentejas, por la multitud de ellas que entran en una escudilla de potaje.»
- Quevedo y Villegas, Francisco de, Los Sueños, edición y notas de Julio Cejador y Frauca (Clásicos Castellanos, Madrid, 1916-1917), tomo I, Visita de los chistes, parlamento de Mateo Pico, «Aquí estoy, y digo más, y avisad desto a los habladores de allá; que yo apelo deste refrán con las mil y quinientas[429].»
- Quevedo y Villegas, Francisco de, Los Sueños, edición y notas de Julio Cejador y Frauca (Clásicos Castellanos, Madrid, 1916-1917), tomo II, La hora de todos, § XXII, «remataban con la plegaria, que es las mil y quinientas[353] de la bribia[354]»
- Quevedo y Villegas, Francisco de, Los Sueños, edición y notas de Julio Cejador y Frauca (Clásicos Castellanos, Madrid, 1916-1917), tomo I, nota 429 del editor, que no es texto de Quevedo, «Eran las mil y quinientas doblas que depositaban para recurrir en última apelación judicial en una de las salas del Consejo de Castilla.»
- Quevedo y Villegas, Francisco de, Los Sueños, edición y notas de Julio Cejador y Frauca (Clásicos Castellanos, Madrid, 1916-1917), tomo I, nota 429, cita de segunda mano que el editor toma de Pedro de Vega (ps. 6, 4, 2) y que no es de Quevedo, «Los que apelan con las mil y quinientas aventuran tanta moneda como depositan, por ver su pleito en mejores manos»
- Covarrubias Orozco, Sebastián de, Tesoro de la lengua castellana o española (1611), s. v. dobla
- Real Academia Española, Diccionario de autoridades (1726-1739), s. v. chancillería
Qué sostiene esta ficha
- Certeza declarada: hay una hipótesis con apoyo, pero no está probada.
- Fuentes citadas: 17 obras.
- Primera aparición escrita: Real Academia Española, Diccionario de la lengua castellana (1899), 1899.
- Estado editorial: redactada; pendiente de revisión humana.
Así trabajamos. ¿Usas esta expresión de otra forma en tu región, o conoces una variante local que no aparece aquí? Cuéntanosla y la añadimos citándote.
Expresiones emparentadas
A buenas horas, mangas verdes
Se dice de la ayuda o la solución que llega cuando ya no sirve de nada, porque el problema se ha resuelto o el daño…
Que te van a dar las uvas
Se le dice a quien se demora tanto en algo que, de seguir así, llegará a fin de año sin haberlo terminado; es…
Andar a la cuarta pregunta
Andar sin dinero y con estrecheces, en una fórmula tomada del interrogatorio judicial en el que se indagaba…
De segunda mano
Usado, con un dueño anterior; y, dicho de una información, recibida a través de terceros y no de quien la vivió…
No hay dos sin tres
Cuando algo ha ocurrido dos veces, se espera que ocurra una tercera; se usa tanto ante rachas de mala suerte…
Cantar las cuarenta
Decirle a alguien con toda claridad y de golpe lo que se le venía callando, en una reprimenda que no admite réplica.